Lunares benignos

Lunares benignos

Hasta ese día, la Luna había sido también una utopía: una idea más que una realidad dura y tangible.

17 de julio 2019 , 07:25 p.m.

Dicen que en 1609 —bueno: lo dijo él, y lo escribió—, Galileo Galilei se asomó por primera vez con su telescopio a la Luna. En ese sentido, fue él el primer hombre que lo hizo: como si pescara en el cielo infinito, en la noche bañada de estrellas, un lugar para que su mirada pudiera detenerse, quedarse allí. Se sobó el ojo varias veces, quizás, entonces escribió: “Parece suave y pulida, pero la Luna es áspera y sinuosa, llena de cráteres...”.

Hasta ese día, la Luna había sido también una utopía: una presencia distante y fiel, al lado siempre de la Tierra, una idea más que una realidad dura y tangible. Como si su verdadero nombre estuviera en la poesía, la Celestina, y no en la ciencia; como si fuera una lámpara que se enciende, y todavía, mientras el mundo camina de espaldas hasta encontrarse otra vez con el día. Y así sin parar, ojalá.

En la Universidad de Estambul (Constantinopla, para nosotros los infieles) se conserva un manuscrito astronómico del siglo XVII; en realidad es uno entre muchos, muchísimos. Hay en él una miniatura en la que cuatro o cinco sabios apuntan su telescopio hacia la Luna, la medialuna, y uno de ellos la señala como si no lo pudiera creer. No sabemos si es antes o después de que Galileo hiciera lo mismo, quizás fue el mismo día.

Así llama Dante a la luna en la Divina comedia: “La reina del eterno llanto”. Un pequeño paso para el hombre, un paso gigante para la humanidad. Hace casi cincuenta años

Unos años después, tal vez cuarenta o cincuenta, en 1650, ocurrió el primer viaje a la Luna del que se tenga noticia en la Tierra; el primero serio y de verdad, al menos. Lo hizo Cyrano de Bergerac, el gran poeta y libertino, el magnífico filósofo, con una nave construida por él mismo y en la que, si mal no recuerdo, el rocío de las flores era como un combustible que el sol iba calentando hasta volverlo aire, así volaba.

Al llegar a la Luna, ese planeta con dos caras, Cyrano se encuentra con los selenitas, los habitantes de aquel reino célebre y lontano. Antes ha hecho un viaje como de Dante Alighieri, de ahí que se pueda hablar por igual en español e italiano: está en el Paraíso, se cruza con Adán y Eva, incluso con el demonio de Sócrates. Los selenitas le hacen un juicio sumario para entender cómo Dios pudo crear a un ser tan horrible, el ser humano.

Los selenitas caminan en cuatro patas y Cyrano en dos, por supuesto; son horribles, de voz aguda y costumbres retorcidas y desfachatadas, como se creía desde la antigüedad, pero lo mejor es la moneda con la que hacen todas sus transacciones comerciales, la poesía. Un verso, en la luna, equivale a tres francos o dos florines. Aunque quizás esto sí me lo estoy inventando, pero lo de la poesía no.

En 1824, un astrónomo y médico alemán, Francisco de Paula (!) Gruithuisen, publicó un tratado para demostrar que en un cráter de la Luna había una ciudad entera que se podía poblar. Diez años después, en un periódico de Nueva York, llamado dizque El Sol, qué paradoja, se publicaron unos artículos atribuidos al astrónomo John Herschel en los que decía lo mismo, que había descubierto una civilización en la Luna.

Esos artículos desataron la furia del poeta, novelista y borracho Edgar Allan Poe, quien demostró que en ellos había un plagio de un cuento suyo, La incomparable aventura de un tal Hans Pfall. Cómo no: la realidad, una vez más, imitaba y empobrecía el arte. La luna seguía siendo una ficción: la moneda de cambio con la que los enamorados pagaban su amor; como si se pudiera destilar en gotas de mercurio su luz.

Así llama Dante a la luna en la Divina comedia: “La reina del eterno llanto”. Un pequeño paso para el hombre, un paso gigante para la humanidad. Hace casi cincuenta años.

Y me gusta un verso de Borges que la celebra: “Los largos siglos de la vigilia humana la han colmado de antiguo llanto. Mírala. Es tu espejo”.

catuloelperro@hotmail.com

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