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Los desastres en Afganistán

Los desastres en Afganistán

Allí ha estallado en mil pedazos, siempre, el alma de Occidente y su presunta hegemonía universal.

25 de agosto 2021 , 08:00 p. m.

En 1843 se publicó en Londres un libro escrito por Florentia Wynch, más conocida como ‘Lady Sale’, que era su nombre de casada, un libro con un título fulminante y sin contemplaciones: Diario de los desastres en Afganistán. La mayoría de los lectores ingleses ya conocían las páginas de ese diario, filtradas a los periódicos entre 1841 y 1842, pero igual salieron a comprarlo con la misma indignación y el mismo desconsuelo, o aún más.

La autora, esposa de Robert Sale, un general británico de las guerras coloniales en India y en Afganistán, contaba día a día sus dos años de cautiverio a manos del emir Wazir Akbar Khan, jefe musulmán del levantamiento afgano contra los ingleses y los indios, a los cuales barrió de Kabul a fuego limpio y los hizo polvo en la batalla de Gandamak, de la que solo sobrevivió un soldado para contar la derrota, el cirujano William Byrdon.

Algo de esto, y mucho más, está contado en el primer tomo de la saga de novelas que George MacDonald Fraser le dedicó a Harry Flashman, su héroe inmortal, una de las obras maestras de la ficción histórica y la literatura de aventuras. Léanla si pueden los que no lo hayan hecho ya, la dicha los va a acompañar toda la vida. Ahí también aparece como personaje Lady Sale, aunque no tan reveladora e ingenua como en su diario de 1843.

Porque en ese diario está todo el imaginario del colonialismo occidental en la Modernidad: la idea mesiánica y arbitraria de que el hombre blanco tenía (tiene) el deber y el derecho de redimir al bárbaro de su barbarie. La ‘Civilización’, así en mayúsculas y entre comillas simples, como un concepto moral surgido de los prejuicios religiosos, económicos y raciales de los imperios de Occidente: ‘bárbaro’ es todo aquel que no es occidental.

Es una herencia griega esa, claro, la del bárbaro como ‘el otro’, el que está por fuera de la cultura que lo nombra y lo define. Para los griegos eran bárbaros los persas, por ejemplo, el pueblo más refinado de la Tierra. Aunque así fue siempre y en todas las civilizaciones, a decir verdad, esa frontera entre lo propio y lo ajeno es el criterio supremo para justificar las ambiciones de poder y de supervivencia de todos los pueblos.

Esa frontera entre lo propio y lo ajeno es el criterio supremo para justificar las ambiciones de poder y de supervivencia de todos los pueblos.

Lo que pasa es que Occidente conquistó el mundo desde el siglo XVI –eso es lo que llamamos la Modernidad, o eso también– y su triunfo fue el de su superioridad técnica, política, económica y militar. Pero lo que había detrás era sin duda una premisa religiosa y moral: la de la cultura occidental como un actor providencial y abnegado cuya misión sobre la Tierra era dominar y redimir a los demás; dominarlos para redimirlos.

Esa idea mesiánica de Occidente se expresó primero desde el cristianismo, que fue el sistema de valores con el cual se justificaron los viajes de conquista del siglo XVI, y luego, cuando se rompió la unidad cristiana en Europa, desde el orden político secular (o no) ya fuera de las monarquías absolutas o ilustradas, los imperios coloniales, la democracia y el liberalismo como un falso destino universal.

Es por supuesto un problema muy complejo y lleno de aristas, imposible de plantear o resolver en una columna en Bogotá (o en Kandahar). Pero si hay un lugar donde ese problema se ha encarnado con todos sus matices y desgarramientos es en Afganistán. Allí ha estallado en mil pedazos, siempre, el alma de Occidente y su presunta hegemonía universal. Lo decía Lady Sale: “No hemos entendido nada, ese es el verdadero desastre...”.

O no sé si quien lo dice es su personaje en la novela magnífica de George MacDonald Fraser, quizás, la literatura sabe más que la verdad.

Y lo piensa uno al ver las escenas de ahora, atroces, en Afganistán: no hemos entendido nada, ese es el verdadero desastre.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
www.juanestebanconstain.com

(Lea todas las columnas de Juan Esteban Constaín en EL TIEMPO, aquí)

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