Los anillos de Saturno

Los anillos de Saturno

A Oscar Wilde lo metieron dos años a la cárcel por ser quien era, por ser él.

23 de diciembre 2020 , 10:11 p. m.

De los teólogos católicos quizás no haya ninguno más meritorio ni más conmovedor que el poeta irlandés Oscar Wilde, famoso más bien por todo lo contrario, es decir por sus excesos y su ironía y su ingenio implacable y prodigioso y su paganismo como de otros tiempos, no de la dura y fría sociedad victoriana que le tocó en desgracia, y a la cual su genio iluminó y calentó y le dio un aire de belleza y plenitud que por poco la salva.

Pero esa sociedad era tan cruel que ni siquiera Oscar Wilde pudo salvarla, cómo sería de cruel, y el suyo fue un sacrificio oficiado en el altar de la belleza, un martirio. Como un griego o un romano del siglo II o III de nuestra Era –eso era: cada quien vive en la época en la que nace su alma–, Wilde pasó del paganismo más intenso y feroz a un cristianismo terminal y desafiante, justo cuando lo iban a linchar.

El crimen que cometió, y por el cual fue juzgado y condenado, fue el de lo que entonces se llamaba “la sodomía y el escándalo”: la homosexualidad, el amor libre. En realidad su sociedad estaba expiando en él todas sus miserias y frustraciones, todos su complejos, y aunque la acusación fuera esa, a Oscar Wilde lo metieron dos años a la cárcel por ser quien era, por ser él. Ese fue el único delito que cometió.

Un delito a causa del cual pasó dos años en la prisión de Reading, y fue allí donde se convirtió al catolicismo, aunque ese hecho se suele situar en sus días finales, cuando murió en París el 30 de noviembre de 1900. En esa ciudad está su tumba: una esfinge que lleva sus alas a cuestas, y en cuya piel de piedra los amantes del mundo suelen ir a dejar sus besos y sus tristezas.

Pero aunque la conversión de Oscar Wilde tenga la fecha oficial de su última enfermedad y su muerte, lo cierto es que fue en la cárcel donde él se reconcilió con la fe de sus mayores, el credo de Irlanda, el catolicismo. Y allí escribió una carta, publicada luego con el título de De profundis, en la que cuenta cómo en su soledad y en su dolor y en su extrañamiento el único fuego que al final le quedaba era ese, el de Cristo.

La carta no es solo sobre eso, claro que no, pero ese sí es su momento más sublime, cuando Wilde describe a Cristo como lo que también era, un dios griego que va al sacrificio de la cruz. Por eso la misa, dice, es la última expresión de la tragedia clásica en el mundo occidental, porque el coro señala y repite todo el tiempo, ante un sacerdote que ofrenda el vino, el destino inevitable de su dios.

Casi nunca se habla del De profundis como uno de los más luminosos textos de la teología cristiana, un verdadero tratado apologético. Y es una lástima, porque Wilde logró en él tocar las fibras más profundas de lo que es de verdad el cristianismo: la revelación monoteísta del judaísmo, sí, pero encarnada en un dios que se hace hombre y que se les revela así, para salvarlos, a todos los demás, no solo a los judíos.

Una intuición brillante que tuvo san Pablo, eso sí, y es que el cristianismo debía cruzar la puerta de la sinagoga y salir al ágora: hablarles también a los gentiles, a los griegos y a los romanos. Y al hacerlo tuvo que acudir a su lenguaje, el lenguaje de la filosofía. Está en el Nuevo Testamento: la prédica de Pablo en el Areópago, en Atenas, tratando de persuadir a los antiguos de que su “dios desconocido” es el mismo Cristo que él les trae.

Nicolás Gómez Dávila decía que el paganismo grecorromano es el otro Antiguo Testamento de los cristianos, y es cierto: ese salvador que nace bajo el signo de Saturno (la estrella de Belén) en el poema de Virgilio, y que San Agustín aseguraba que era Cristo.

Lo mismo dijo Oscar Wilde: un católico, un pagano que cree en Cristo.

Feliz Navidad.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
www.juanestebanconstain.com

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