Lo que se celebra

Lo que se celebra

El tiempo se hizo para encontrar en sus días la cifra de un pasado que late en lo que somos.

02 de mayo 2019 , 12:31 a.m.

La historia, se sabe, es un instrumento conmemorativo: un calendario salpicado de fechas ilustres y terribles; fastos y nefastos, como decían los romanos, el eco de lo bueno y de lo malo. El tiempo, uno de los primeros inventos de la humanidad, quizás su gran invento, porque de él está hecha, se hizo sobre todo para eso: para recordar; para destejerlo y encontrar en sus días la cifra de un pasado que late en lo que somos.

Al final las conmemoraciones son interesantes porque ellas nos cuentan más sobre quienes conmemoran que sobre lo conmemorado, valga el trabalenguas. Cada celebración –o no– del pasado nos dice más sobre el presente que la emprende y la ejecuta que sobre esos hechos ya cumplidos que se vuelven más bien un pretexto, un detonante, un espejo: un territorio de combate para volcar en él las urgencias de lo contemporáneo.

En esa medida la historia es también una ficción: un relato pactado y deliberado en el que se resaltan unos valores, y unos protagonistas, y unos problemas, y no otros. Y es inevitable: relatar implica escoger, privilegiar, silenciar, suprimir, rescatar, interpretar: decidir qué sí y qué no, ni modo. Hablo por supuesto de la historia oficial: la que está presente, valga decirlo así, en las estatuas y las pompas, en el pasado como un acto de fe.

Hace cien años, por ejemplo, Colombia era un país de casi seis millones de habitantes. Podían ser más, podían ser menos: el censo de la época también refleja sus limitaciones y precariedades de todo tipo; la imposibilidad, a pesar de los esfuerzos y la buena voluntad, de saber con certeza nada. Era un país en el que había, como quizás lo sigue habiendo, más territorio que Estado; más espacio que legitimidad.

Y una sombra colgaba sobre la Colombia de entonces, una herida recién abierta que no paraba de llover y supurar: la de la ‘pérdida’ de Panamá. Ese había sido el doloroso epílogo de la última guerra del siglo XIX, la guerra de los Mil Días. Con ese ‘muñón sangrante’ el país tenía que empezar a hacer el balance de lo que había sido su primer siglo de historia republicana e independiente; tenía que mirar hacia atrás, lamerse las cicatrices.

¿Por qué conmemoramos las cosas con cifras redondas? Borges decía que era “la superstición del sistema métrico decimal”: creemos que un centenario, por ejemplo, tiene el valor simbólico de un ciclo que se cierra y vuelve a empezar. Nos resulta más importante celebrar algo en esos términos agoreros y absolutos que si lo hiciéramos con cualquier otra cifra, digamos los 78 o los 36 años de lo que sea. No: no es lo mismo.

Por eso, en este año del Bicentenario de la Batalla de Boyacá, lo interesante es no solo ocuparnos de esa fecha, sino también de la manera como ella se conmemoró hace un siglo. En realidad se pueden juntar los dos momentos fundacionales de la República: el año 10 y el año 19. ¿De qué siglo? De ambos, el siglo XIX y el siglo XX. Así podremos verlos como en un telescopio de espejos que se superponen: nuestra historia y su relato.

Mejor dicho: la historia no es solo lo que ocurre sino también, y sobre todo, la consciencia de aquello que ocurrió. Y esa consciencia evoluciona con el tiempo, eso es lo mejor. Por eso hay que rastrearla y relatarla también, porque en ella hay claves de nuestra identidad –de nuestro pasado– que muchas veces explican mejor por qué somos como somos, por qué somos lo que somos.

Ese es el sentido de las conmemoraciones: ver cómo las acometieron, o se las inventaron, los que estaban antes y ya no están. Esa historia nos cuenta muchas veces más, o por lo menos nos cuenta tanto, como la de aquello que estamos conmemorando.

No es el pasado lo que nos interesa del pasado: es el presente.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

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