Libros sin fronteras

Libros sin fronteras

Es como si al entrar en ese espacio feliz de la biblioteca, los reclusos salieran.

31 de julio 2019 , 07:00 p.m.

El viernes pasado fui a cumplir, por fin, una cita que había pospuesto durante muchos meses –años, quizás–, y que nunca pude honrar antes porque la vida es así y los días y las demás cosas se van atravesando para impedir, tantas veces, que uno se encuentre de verdad con lo importante, con lo que sí vale la pena. Hasta que el viernes fui por fin, y fue una de las experiencias más felices y aleccionadoras que he tenido.

La idea era visitar una de las cárceles que hay en Bogotá, y en las que la Secretaría de Seguridad del Distrito y la Red de Bibliotecas (Biblored) organizan cada tanto un encuentro entre los reclusos y algún escritor o escritora que va y habla con ellos sobre su obra, sobre libros, sobre lo que quiera. Suena paradójico decirlo así, pero es ese un espacio de libertad para todos los que llegan a él. Los de adentro y los de afuera.

En mi caso, estuve en la URI de Puente Aranda, en donde hay gente que está a la espera de que el Estado le resuelva su situación judicial, lo cual puede significar, en este país, un larguísimo periodo de incertidumbre y parálisis. Por eso, y para todos los efectos, según pude darme cuenta, esa URI funciona en verdad como una cárcel, con todo lo que ello significa, que por supuesto es duro, dramático y difícil.

Cuando se abren las puertas de esas bibliotecas, es también como si se abrieran las de una forma de la libertad y la imaginación que allí, en ese contexto, tienen aún más sentido y belleza

Y sin embargo, a pesar de los rigores del encierro, que en Colombia son quizás mayores y más opresivos, ya lo sabemos, y sin embargo, cuando se abren las puertas de esas bibliotecas, es también como si se abrieran las de una forma de la libertad y la imaginación que allí, en ese contexto, tienen aún más sentido y belleza. Como si cada libro que las puebla fuera, y lo es, una ventana y un pedazo de luz, un camino de evasión, tal cual.

Yo estaba allí, claro, para hablar, pero me fui dando cuenta de que estaba allí sobre todo para oír y escuchar, para aprender. En una conversación inagotable (ojalá lo hubiera sido un poco más; ojalá lo fuera, aunque quedan los libros, que no son otra cosa) en la que nos paseamos por todos los temas posibles: desde la Selección Colombia hasta la Odisea, desde el Bicentenario de la Independencia hasta el proceso de paz.

Y hay en la cárcel una especie de regla implícita que puede sonar terrible y contradictoria, sobre todo en Colombia, sobre todo en una URI, pero que es también muy sana, acaso la única que tiene sentido para todos allí. Esa regla es que nadie juzga a nadie –el valor supremo de la amistad, según Maqroll el Gaviero– y nadie pretende tampoco obviar la suma de fatalidades o errores y horrores que los puso a todos en ese lugar. No.

Porque además, ya digo, es como si al entrar en ese espacio feliz de la biblioteca, los reclusos salieran; como si el mundo fuera otro de golpe, qué mejor definición de la lectura que esa. Libros de crónicas, cuentos, novelas, poemas, filosofía: el milagro latente, siempre allí, de una página que pueda encontrar por fin la mano que le dé vida, la mano y los ojos y el alma; balsas atracadas en esa orilla, meciéndose, hasta zarpar.

Al final de mi charla me dijo un muchacho que qué libro les recomendaba. Pregunté si ya tenían en esa biblioteca El conde de Montecristo, si ya lo habían leído. Se miraron todos, me dijeron que no; todavía no. Les resumí entonces algo del argumento y la trama de esa obra maestra de Alejandro Dumas padre en la que Edmundo Dantès, magnífico, logra escaparse del castillo de If, la peor prisión de su tiempo.

Alguien me dijo otra vez algo sobre el bicentenario. Le dije que la historia no está solo en el pasado sino también en el futuro y que hay que escribirla, por qué no.

Mónica, la directora, me preguntó que dónde ponían El conde de Montecristo cuando lo compraran. Le dije la verdad: “Va en autoayuda”.

catuloelperro@hotmail.com

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