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Las iglesias al poder

Las iglesias al poder

A los políticos, salvo que sean muy cínicos o muy hábiles, no les gusta que les digan que lo son.

22 de septiembre 2021 , 08:00 p. m.

Parece ser que todavía hay gente en Colombia que se indigna de que los políticos hagan acuerdos políticos (increíble) para llegar al poder, que es la esencia misma de la política. No es la única, claro que no, porque también está la dimensión ideal y noble de la política: lo que ahora llaman la ‘visión de futuro’, lo que ahora llaman ‘la agenda de país’. Esto hay que decirlo moviendo las manos hacia adelante, como quien pone un plato sobre la mesa.

(Lea además: El buen salvaje)

Se trata de un viejísimo dilema, o más que un dilema son las dos caras de una misma moneda: la política es a la vez grandeza y pequeñez, noble ideal y sucia mecánica, ideas trascendentales e intrigas de café. Compaginar ambas cosas suele ser el sello de los mejores políticos, que para serlo necesitan una altísima dosis de cinismo y de abyección. Suena horrible, sin duda, y puede llegar a ser aún peor: eso es la política, quien lo probó lo sabe.

Y no es que preocuparse por ‘lo fundamental’ esté mal, todo lo contrario. Solo que en el terreno de lo práctico es imposible hacer que buena parte de eso que se considera ‘lo fundamental’ se logre sin el poder en las manos. Y para llegar al poder hay que transitar ese camino sinuoso de transacciones y componendas, arreglos y traiciones, defecciones y contradicciones, engaños y amarguras: lo contrario, por desgracia, casi no existe.

Lo que pasa es que a los políticos, salvo que sean muy cínicos o muy hábiles, y los hay, no les gusta que les digan que lo son. Prefieren en cambio que los llamen ‘estadistas’ y que sus seguidores sientan que militan en una cauda iluminada y pura que es distinta –ah, esta sí– a todas las demás. Como si la suya fuera una empresa moral y heroica, una especie de martirio abnegado por el bien de la patria.

Da mucha risa cuando en Colombia hablan de ‘pactos electorales con las iglesias’, como si muchos movimientos políticos no se hubieran convertido ya en una de ellas.

Entonces se cita esa famosa frase que siempre se le atribuye al pobre Churchill: “El político piensa en la próxima elección, el estadista piensa en la próxima generación...”. Por lo general esa frase la suelta el estadista para no ser considerado un vulgar político, aunque al citarla demuestra (la mirada al horizonte) que no es ni lo uno ni lo otro, porque para pensar en la próxima generación y hacer algo por ella hay que ganar la próxima elección.

Mejor dicho: para ser un estadista de verdad toca ser un buen político. Hay excepciones, sí, pero son muy pocas. ¿Y entonces? ¿Todo vale? Claro que no, también eso está muy claro, y quizás esas líneas rojas de los pactos por el poder, siempre inevitables, sean las que permitan intuir si detrás de ellos hay grandeza y esperanza o solo voracidad y codicia, el feroz apetito del político. Lo único que no se vale es llamarse a engaños: creer que las cosas no son como son.

Porque muy pronto a la cauda iluminada –no hablo de una, hablo de todas– le tocará cambiar de parecer: el enemigo de la víspera es probable que se vuelva el mejor de los aliados; el corrupto de ayer será ahora un gran señor y un genio; los perversos se volverán probos y los probos, perversos: todo por la patria. ¿Tiene sentido indignarse? ¿Vale la pena sufrir? Yo creo que no. Porque el objetivo más importante, como decía La Rochefoucauld, es no hacer el ridículo.

No dejarse alienar por ningún caudillo –ninguno–, no hacer de su causa y de su nombre un ciego y patético acto de fe. Creer en cosas, por supuesto, albergar alguna esperanza, qué mejor. Pero huir de las capillas y las sectas, taparse con cera los oídos para no sucumbir ante sus cantos de sirena. Da mucha risa cuando en Colombia hablan de ‘pactos electorales con las iglesias’, como si muchos movimientos políticos no se hubieran convertido ya en una de ellas.

Lo decía Julio Caro Baroja: “A la gente habría que decirle que está bien que crea; pero poco, y en todo caso sin molestar...”.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
www.juanestebanconstain.com

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