Las empresas del odio

Las empresas del odio

Hay mucha gente que aun no ceja en sus obsesiones de partido, en sus tristes empresas del odio.

01 de abril 2020 , 07:38 p.m.

Tenía otra columna en la punta de la lengua, lo juro, la hice y todo y espero que pueda sacarla luego, que siga vigente dentro de una semana. Es más: este párrafo es ya como un palimpsesto, pues acabo de borrar el texto de lo viejo para empezar a escribir lo nuevo, a ver cómo me va. Eso es la literatura también, siempre: seguir el trazo de lo que vamos tachando; repetir y repetir, toda hoja en blanco es de papel carbón para el que escribe.

Aunque muchos no sabrán ya ni conocen ni recuerdan lo que era el papel carbón, ay, la copia y el original. Igual esta columna, lo repito, va sobre el fantasma de la vieja, que era sobre otra cosa. Pero ayer vi en Twitter –la red social: hay quienes tienen la suerte de no saber qué es– una escena repugnante y bochornosa que además dice mucho de cómo es mucha gente en el mundo, sobre todo en momentos como este de la historia.

¿Qué ‘momento’? Pues este sin duda que es histórico y complejísimo, en el que la especie humana se enfrenta a un desafío biológico que la tiene en jaque, en cuarentena. No es la primera vez que algo así ocurre ni será la última, horror, pero está muy claro que hacía mucho tiempo que la sociedad global, para usar un concepto que refleja la gravedad de lo que está ocurriendo, no pasaba por algo así.

Por eso resulta casi increíble, y lo es, lo que estamos viviendo: como si fuera una película barata de terror para ver un lunes festivo a las tres de la tarde, más o menos; como si fuera el cumplimiento de las peores profecías y distopías de la ciencia ficción. Por eso también nadie sabe muy bien qué hacer: ni los individuos ni los gobiernos, ni los legos ni los expertos; nadie. Es un estado general de atonía y perplejidad, una pesadilla.

Pero eso también pone en situación al ser humano, lo despierta y lo interpela. Al menos es lo que muestra la historia. Entonces, es como si hubiera una refinación de las prioridades y los valores, como si solo quedara lo fundamental para poder sobrevivir. Eso explica que en tiempos así reverdezcan como nunca la solidaridad, la compasión, el liderazgo, la consciencia de estar todos ‘en la misma barca’.

Claro: igual reverdecen, y con qué intensidad, la ruindad y la inquina, la pobreza de alma, la codicia, la envidia, la vanidad. Pero la historia cierne esas obsesiones mezquinas y amargas: las relega y las barre, al menos mientras pase la tormenta; las hace ver en toda su pequeñez y su inanidad. Y eso es algo que va quedando en limpio por estos días: quiénes están en lo fundamental, aun si se equivocan, y quiénes no.

Fue lo que vi ayer en Twitter: un idiota, un cretino, un poseso de sí mismo (son legión allí) dijo que Manuela Carmena, la política española, se estaba muriendo de coronavirus en un hospital. Ella le respondió: “No estoy enferma y no he recibido ningún respirador. En estos momentos de preocupación y de esfuerzo colectivo de nuestro país por superar la pandemia, actitudes así no ayudan. Debería darte vergüenza…”.

Y sí: debería darle mucha vergüenza a ese infeliz estar en algo así mientras su país vive la tragedia que vive. ¿Qué de bueno puede tener inventarse esa historia? ¿Qué placer o qué rédito puede dar en estos momentos una mentira tan ociosa e indolente? No lo sé, pero hay mucha gente que aun en estas circunstancias del mundo, por favor, no ceja en sus obsesiones de partido, en sus empresas del odio tan pequeñas y tan tristes.

Y no se trata de suprimir el debate y la crítica, quizás más necesarios que nunca. No se trata de propiciar la falsa unidad en torno a una gripa, no. Pero sí elevar un poco el nivel de las palabras y las intenciones y las miras, aun el de los odios.

Porque cuando todo pase, ya sabremos quién es quién. Bueno, ya lo sabíamos.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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