La nueva oscuridad

La nueva oscuridad

El oscurantismo de nuestro tiempo solo descansa cuando encuentra la confirmación de sus disparates.

02 de octubre 2019 , 07:00 p.m.

En julio pasado la revista francesa L’Express les dedicó una portada y un artículo de fondo con un titular aterrador y cierto, “los nuevos oscurantistas”, y una ilustración en la que se ve la ya célebre cadena evolutiva de la especie humana, desde el Australopithecus hasta el Homo sapiens, solo que el último eslabón de esa cadena viene caminando en contravía y lleva un celular en la mano. Con pose relajada, tenis y camisa a cuadros.

¿Quiénes son estos “nuevos oscurantistas”? La revista los enumera sin ser exhaustiva: los creacionistas, los terraplanistas, los conspirativos, los enemigos de la ciencia y el ‘mito’ del calentamiento global y las vacunas: unos orates –dice L’Express– que han renunciado a toda evidencia y a toda discusión y que en cambio prefieren aferrarse con el alma a sus certezas y a sus dogmas, a sus paranoias, a sus grotescas teorías.

Incluso hay en Kentucky un parque de diversiones, por llamarlo de una manera siniestra, que es como Disneylandia, pero todas sus atracciones tienen que ver con el relato bíblico de la creación del mundo. Es un parque temático en el que los dos juegos más edificantes son, nada menos, el Arca de Noé y el Árbol del Fruto Prohibido. La idea al final siempre es salir convencido, siempre, de que la Tierra fue creada por Dios hace 6.000 años.

Y lo que más sorprende de este panorama tan triste y decadente es que en él tienen una influencia abrumadora la tecnología y los teléfonos inteligentes, las redes sociales, internet. Como si lo que alguna vez se pensó que llegaría a ser el antídoto y el remedio se hubiera vuelto más bien la causa de la enfermedad, su peor agravante.
Porque el fanatismo no solo florece y campea, igual que siempre, sino que ahora se volvió la norma.

En un mundo inundado, como nunca antes en la historia, por la información y el saber, por las posibilidades ilimitadas de aprender cada vez más y mejor sobre lo que uno quiera. Pero es como si esa superabundancia fuera perjudicial; como si ella produjera hastío, pesadez, al punto de que mucha gente prefiere vivir enceguecida en sus falsas creencias antes que sentarse a revisarlas.

Y la locura se difunde en el mundo virtual como una gran bola de nieve; de nieve y de fuego, ya otra vez había usado la misma figura, pero es que no hay otra mejor para ciertos casos. Y cada quien busca solo confirmar sus prejuicios: reafirmarse en sus obsesiones, sus odios, sus caprichos. Y el gran marasmo digital en el que estamos sumidos nos va arrastrando siempre al mismo lugar: nuestra forma de ver las cosas, solo ella, esa isla.

Hace poco me contó un amigo muy querido que una prima suya estuvo donde el médico, quien le advirtió que tenía que operarse. Ella le respondió que quería una “segunda opinión”, el doctor sonrió y le dijo: “Ningún paciente tiene el criterio para saber cuándo una segunda opinión es mejor que la primera. Usted lo que quiere es buscar una opinión que coincida con su deseo, y no va a descansar hasta encontrarla...”. Y es cierto.

Pasa lo mismo hoy: el oscurantismo de nuestro tiempo solo descansa cuando encuentra la confirmación de sus disparates y consignas, sus necedades. En las redes sociales, en las cadenas de WhatsApp, en los chismes y hablillas de domingo: allí, y también en las carteras de las tías, florece el pensamiento delirante: una lógica que prescinde de la razón, la verdad, la cordura y la sensatez; una lógica que no lo es, mejor dicho.

Una lógica que llevada a la política es el infierno, pues los partidos se han vuelto iglesias, sectas, y sus caudillos son dioses intocables. Sin argumentos ni razones que valgan, solo verdades reveladas. Mentiras.

Es eso: la mano alzada del fascista va hoy en su teléfono.

catuloelperro@hotmail.com

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