Herrumbrosas lanzas

Herrumbrosas lanzas

La historia está hecha también de esos instantes en los que un destino entero se puede resolver.

07 de agosto 2019 , 10:29 p.m.

Cuenta José María Espinosa, el magnífico pintor y una de las mejores voces que narraron de primera mano, todavía humeantes, los años de la independencia, que salió a recibir a Bolívar cuando entraba a Bogotá dos días después de haber ganado la batalla de Boyacá. Las noticias en Santa Fe eran inquietantes y confusas; los chismosos las oscurecían aún más, nadie sabía bien qué había pasado de verdad.

Por eso, dice Espinosa, él y su hermano Ignacio y Nicolás Sánchez y el coronel Hermógenes Maza, como en un vallenato, salieron al norte a esperar al ejército que venía con la nueva de lo que hubiera pasado en Boyacá, el triunfo o la derrota, todo podía ser. Los realistas de la capital, muchos de ellos españoles, aunque también los había criollos, o “españoles americanos”, como se llamaban, ya huían por Honda hacia Cartagena.

Pero en vez de un ejército lo que vieron venir, entre la bruma, a la altura de San Diego o mucho más al norte, fue la sombra de un militar desgonzado sobre su caballo, lentísimo, solo. Lo vieron tan triste que pensaron que era un español y Maza gritó: “¡Allí viene el jefe godo de los derrotados!”, y entonces cargó con su lanza para ir a matarlo. Era Bolívar, quien también se había adelantado para llegar primero a la ciudad.

Dice Espinosa (sostiene Pereira) que si ese día Maza hubiera llevado su fusil, y no esa lanza, habría disparado a bocajarro y habría matado al Libertador antes incluso de que llegara a serlo, cuando apenas empezaba por fin a triunfar. Diría hoy Wikipedia: “Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios Ponte y Blanco. Nació el 24 de julio de 1783, asesinado por un energúmeno el 9 de agosto de 1819…”.

Pero como la historia es la que es, y no otra, cuenta Espinosa que Maza había dejado su fusil tirado en San Diego luego de matar a unos españoles que lloraban borrachos el rumor de su derrota en Boyacá. Así que solo llevaba su lanza y con ella, sin saber quién era, encaró a Bolívar, su jefe. Le dijo entonces, le gritó: “¡Alto ahí, quién vive!”. Nadie le respondió; Maza volvió a preguntar, lanza en ristre. El Libertador le dijo: “No sea pendejo”.

No sea pendejo, contestó Bolívar, y siguió su camino. No sea pendejo. Pero la pregunta todavía es válida: ¿qué habría pasado si Hermógenes Maza hubiera llevado consigo el fusil, o si hubiera cargado con su lanza? La historia está hecha también de esos pequeños duelos: instantes apenas, giros de tuerca, en los que un destino entero se puede resolver. Las famosas líneas paralelas del tiempo: lo que habría podido ser y no fue.

Hoy sabemos cómo entró Bolívar a Santa Fe, coronado con hojas de laurel, bajo un arco del triunfo. Así lo habrían de pintar después muchos, como a un emperador romano. Sus batallas, en cambio, las pintó Espinosa en bocetos a lápiz que las muestran tal como fueron, porque él estuvo allí: en calzoncillos todos, demacrados y hambrientos, langarutos, derrotados hasta los que iban a ganar. Sobre todo ellos.

Luego, esas batallas se volvieron a pintar pero con el molde de las de Napoleón en Europa, y entonces Boyacá es Austerlitz (mírenla bien: los uniformes, los caballos, el cielo), Pichincha es Jena, Ayacucho es Wagram. La historia patria se la inventaron los pintores oficiales en el siglo XIX. Y no deja de ser curioso, pues parte de la gloria del Ejército Libertador estaba justo en derrotar a quienes habían echado de España a Bonaparte.

Pero no eran solo próceres los de ese ejército, no eran solo estatuas. Y lo mejor es su profunda humanidad: toda la historia que había en él, la del pasado y el futuro. Sus caras sin nombre, sus contradicciones.

Y esa frase: no sea pendejo, dice Bolívar, y sigue para siempre.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@hotmail.com

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