Heridas abiertas

Heridas abiertas

La peste lleva al límite a las sociedades y con ella afloran sus conflictos profundos, sus deudas.

10 de junio 2020 , 09:25 p.m.

En 1735 y 1741 hubo en la Suprema Corte de la Judicatura de Nueva York dos juicios memorables de los tiempos coloniales en la América del norte: uno, el primero, un juicio por difamación contra el impresor alemán John Peter Zenger, acusado de ser un ‘libelista’, un revolucionario escondido en su periódico. El otro juicio, el segundo, fue contra unos esclavos que se rebelaron e incendiaron la ciudad.

Al final ambos juicios tenían que ver, cada uno a su manera, con el problema de la libertad. Además en una época (el llamado ‘Siglo de las Luces’) en la que toda la discusión filosófica era justo sobre eso: sobre la razón y su influjo liberador e igualitario; sobre los límites del poder y los derechos de la sociedad civil, por fin redimida de la sujeción y la tiranía; sobre la dignidad del individuo, verdadero protagonista de la historia.

Es interesante porque en ese mismo siglo XVIII el capitalismo está alcanzando ya una nueva etapa dentro de su evolución, con las grandes potencias coloniales, en especial Inglaterra, que navegan y producen y explotan a todo pulmón. En la base de esa economía global está, como se sabe, la esclavitud; esa es su gran lacra. Pero por sus rutas también circulan las ideas: la filosofía de la Ilustración, así en mayúsculas.

En Europa, que es donde nace, esa filosofía es quizás el resultado del agotamiento que producen las guerras de religión entre católicos y protestantes. Gracias al fanatismo de lado y lado florece, empieza a florecer, una sociedad secular que se expresa no solo en un nuevo discurso científico sino también en un nuevo discurso político, el de la Modernidad: racionalismo, capitalismo, liberalismo. Ahí está casi todo.

Ese discurso fue el de las grandes revoluciones liberales del mundo moderno que aspiraban a ser el desmonte del ‘antiguo régimen’, ese orden señorial y jerárquico sostenido por los privilegios y los honores heredados. En teoría, el liberalismo era un antídoto igualitario contra ese pasado que había que abolir. Pero digo que “en teoría” porque en la práctica seguían vigentes sus contradicciones inmanentes, sus estructuras más perversas.

Entre ellas la del prejuicio racial y sus obvias y degradantes consecuencias políticas y económicas; la esclavitud, para muchos, como un destino. Y eso se ve muy claro en la asimilación del liberalismo que hacen las élites blancas en el mundo colonial, pues el ideal de la libertad, la igualdad y la fraternidad queda restringido solo a quienes lo merecen y lo ejercen como un privilegio. El liberalismo perpetúa así al ‘antiguo régimen’.

En esos juicios de 1735 y 1741 quedó clarísimo: al alemán Zenger lo exoneraron con un fallo histórico sobre la libertad de prensa, y a los esclavos los colgaron y quemaron. Los reos peleaban contra el mismo gobierno, pero no eran iguales. Como si una causa fuera justa, la del blanco, y la otra fuera injusta, la del negro. Ese es el gran dilema de la independencia de los Estados Unidos, que resume a la perfección esa tragedia.

Claro: ya no estamos en el siglo XVIII –no todos– y es indudable que desde entonces son muchas las conquistas sociales y políticas de la humanidad. Además porque la igualdad es un proceso y una lucha: un arduo camino lleno de escollos y de alegrías, cuando ocurren, y eso también tiene todo que ver con la historia del liberalismo. Pero allí siguen muchas de sus promesas incumplidas, sus tensiones no resueltas.

La peste lleva al límite a las sociedades, siempre ha sido así, y con ella afloran sus conflictos más profundos, sus deudas por saldar. Es lo que está pasando hoy en el mundo.

No son estatuas las que caen, son viejas heridas que nunca se cerraron. Eso tiene un nombre, la historia.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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