Gotas de arsénico

Gotas de arsénico

Fue en los discursos incendiarios y brutales donde anidó la destrucción de la república.

08 de julio 2020 , 09:25 p.m.

¿Es Colombia un país violento por naturaleza? ¿Es la nuestra una sociedad marcada por el ‘destino trágico’ de la guerra y la barbarie? Hay quienes creen y sostienen que sí, y esa ha sido una idea recurrente de mucha gente aquí, historiadores y escritores y periodistas y en fin, para interpretar nuestra historia como el relato continuo y agotador de una contienda que nunca termina. La herencia fratricida y cainita.

También hay quienes creen lo contrario, y desde hace tiempo se ha dado una especie de ‘revisionismo’ que cuestiona y desmenuza la idea de nuestra violencia como una fatalidad endémica, como una condición casi genética. En primer lugar por eso mismo: porque hablar de la guerra como un rasgo biológico y hereditario no tiene fundamento científico, y además porque hay muchos rasgos de nuestra historia que permiten matizar ese mito.

Se trata por supuesto de una discusión muy interesante y compleja, tanto que es casi imposible resumirla aquí sin quitarle su riqueza y sus particularidades y sutilezas filosóficas, políticas, sociológicas, etcétera. Porque ese tema de la violencia y de la guerra es quizás el tema por excelencia de nuestra historia, y cuanto mejor lo entendamos y pensemos mejor lo vamos a resolver algún día. Ojalá.

Y en esa historia –toda historia es historia contemporánea, decía Benedetto Croce– hay un fenómeno que sí constituye una tradición política que ha definido nuestra violencia, nuestras guerras por el poder; es un hábito cuyas huellas sí se pueden rastrear en el origen mismo de la república, en el siglo XIX, y que ha sido el caldo de cultivo para que de manera sistemática se desquicie la democracia, se aviven el fanatismo y la barbarie.

Ese hábito es el del sectarismo: la anulación moral del interlocutor y contrincante, su negación y menosprecio, su envilecimiento; hacer de la política un credo religioso y de parroquia, de secta, ahí está el detalle, imponer con furia y mesianismo una visión del mundo que se precia de ser la única válida y justa y buena, y que por eso mismo excluye a las demás como una depravación. El bien contra el mal, la luz contra la sombra.

Los límites morales de ese dilema los traza quien lo plantea: en ese espejo nadie reconoce sus bajezas y delirios, sino solo los de los demás; “todo el mundo cree en las atrocidades del enemigo y descree de las de su propio bando”, escribió George Orwell. Y Manuel Briceño, uno de sus protagonistas, decía que nuestra violencia del siglo XIX nació del “odio cobarde y las pasiones”. ¿Pasiones de quién? De los otros, claro. Siempre los otros.

Lo que aquí se llamó ‘La Violencia’, en el siglo XX, fue una guerra civil no declarada entre el Partido Conservador y el Partido Liberal: un proceso de disolución política y ética; una locura colectiva y compartida en la que la irresponsabilidad, la ceguera y la soberbia de los líderes, todos ellos, de lado y lado, y quien diga lo contrario no entendió nada, dejó regados más de doscientos mil muertos en treinta años.

Pero ese horror empezó por el lenguaje, por la degradación de las palabras. Fue allí, en los discursos incendiarios y brutales, discursos apocalípticos del fin de los tiempos, donde anidó la destrucción de la república. Basta leer los periódicos y testimonios de esa época para comprender el grado de inconsciencia y mala fe al que se había llegado; las redes sociales de aquel entonces todavía exhalan sus humores descompuestos.

No hay mejor análisis de la Alemania nazi que el que hizo Victor Klemperer de su idioma, su lengua infame. Fue él quien dijo: “Esas palabras son pequeñas dosis de arsénico: las ingerimos sin darnos cuenta de que nos están envenenando”.

Palabras tóxicas: brasas de un fuego que nunca se va, qué desgracia.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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