Fiestas patrias

Fiestas patrias

Las conmemoraciones nos cuentan más sobre quienes las hacen que sobre aquello que conmemoran.

24 de julio 2019 , 07:27 p.m.

Lo mejor de las conmemoraciones históricas, su razón de ser, no está en el pasado sino en el presente: en las vidas sucesivas que desde su propio tiempo, su lugar en el mundo, van descifrando y construyendo, inventando, en el sentido más profundo de la palabra (en latín inventar también es descubrir), su identidad, su forma de ser. En ese sentido la historia es también una ficción pactada y colectiva: un relato que es un acto de fe.

Y no porque la historia carezca de datos objetivos, de indicios, de certezas y documentos y testimonios y hechos y procesos que la ciencia y la memoria van decantando, cerniendo, hasta lograr una visión cada vez más fiel de lo que alguna vez fue y ocurrió, del pasado; no. Entre otras cosas porque el ‘progreso’, esa obsesión de la Modernidad, constituye no solo un ensanchamiento del horizonte sino también del recuerdo y la memoria.

Cuanto más avanza la especie humana –si es que a eso se le puede llamar avanzar, y la discusión es válida, pero es otra discusión–, más conocimiento tiene también de su historia, de sus orígenes, de su remota antigüedad. Lo repito: progresamos hacia adelante y hacia atrás, hoy sabemos más sobre el hombre de Neardental que hace cincuenta años cuando llegamos a la Luna.

Se podría decir que el país es otro, claro, aunque en lo más profundo sigue siendo el mismo

Pero al final cada presente decide qué contar y recordar y qué no; y decide cómo hacerlo y por qué, y cuándo, y dónde. Por eso decía atrás, lo he dicho varias veces aquí en esta columna, que las conmemoraciones nos cuentan más sobre quienes las hacen que sobre aquello que conmemoran. En sus distintas voces y debates hay mucho más del presente, insisto, que del pasado. Las conmemoraciones son un documento excepcional de su tiempo.

En Colombia, por ejemplo, acabamos de pasar un año más celebrando el 20 de julio, el día de la independencia, la fiesta patria por excelencia. Es ese un ritual (porque el patriotismo es una religión, la religión del Estado moderno) que empezó muy pronto en nuestra historia, casi desde los albores mismos de la República, a principios del siglo XIX. Los hechos, su recuerdo, aún ardían; bastaba nomás atizar sus brasas, soplar.

Desde entonces se construyó ese discurso que buscaba reivindicar los sacrificios de una generación heroica que lo había dado todo por la libertad. Allí, en ese relato, estaba la consolidación de la unidad nacional; la construcción de un país inabarcable que siempre, aún hoy, ha tenido más territorio que Estado. “Un pueblo libre, soberano y digno de asistir al banquete de la civilización”, dijo Manuel Murillo Toro el 20 de julio de 1872.

¿Era cierto? La historia existe justo para discutir y plantear eso, para ponerlo en cuestión. La historia no es algo que se sabe –no solo– sino también, y sobre todo, algo que se piensa. En 1910, por ejemplo, Colombia celebró el primer siglo de su independencia con el muñón aún sangrante de Panamá. Fue cuando más estatuas se erigieron aquí; la grandeza, el bronce por lo menos, pareció ser entonces nuestro único consuelo.

Hoy en día, cien años después (y doscientos también: de eso se trata), las cosas han cambiado mucho. Se podría decir que el país es otro, claro, aunque en lo más profundo sigue siendo el mismo. ¿Se ha transformado el pasado, lo conocemos mejor? Sin duda sí, porque somos la suma de todos los pasados que nos anteceden y de las múltiples maneras como ellos pensaron la historia. El tiempo es un palimpsesto, si lo digo bien.
Pompas, desfiles, discursos, libros, congresos, discusiones de café o de universidad, polémicas, debates, programas de radio o de televisión, hilos tuiteros, memes, álbumes de familia, cuadros, sonidos, sabores, en fin: la historia está allí también; esa es la historia.


Y nos pertenece a todos, es lo mejor.

catuloelperro@hotmail.com

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