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Falta una tilde

Falta una tilde

Nunca antes ha habido tanta gente convencida de que el mundo está a la espera de sus opiniones.

21 de abril 2021 , 09:25 p. m.

Una amiga dio el otro día, en una red social, la noticia de la muerte de su hermano a causa del covid. Lo más triste es que lo hizo desde el perfil del difunto, como si fueran sus últimas palabras y su despedida, un aviso a sus amigos y seguidores. No sé si es por la peste o qué –claro que sí– pero esos sitios se están volviendo cada vez más un espacio elegiaco y desolador: un campo abierto para gritar de tristeza y de dolor, a ver quién responde.

En este caso todas las respuestas fueron compasivas y solidarias, como era de esperarse. Todas menos una, la de un cretino que se apareció allí solo para corregirle la ortografía del mensaje a la pobre y desconsolada hermana del muerto. Le faltaba una tilde o algo así en la conjugación de un verbo en el pretérito perfecto simple, “murió”, y como un rayo cayó el mezquino e improvisado corrector de estilo a hacerle la observación.

Se la hizo con magnanimidad, claro, ya conocemos la jactancia de esos sabios estúpidos e innecesarios, su altivez y su arrogancia. De hecho, la corrección iba con pésame y todo, por supuesto, más o menos en este tono y con estas palabras despreciables: “Siento mucho lo que cuentas de tu hermano pero te faltó ponerle la tilde a la o. Recuérdalo para la próxima vez”.

Que este inopinado corrector es un imbécil no admite duda, y así se lo hizo saber la turba que lo apedreó en segundos por su mensaje indolente e inoportuno, que él defendió luego con el argumento consabido de que nada hay más importante en la vida que la ortografía y nada excusa a quien no la sabe usar. Su tono iba creciendo en necedad, y dijo: “Yo solo quise señalar el error, allá ustedes si se niegan a aprender...”.

Podría uno analizar todas las miserias que se dan cita en su actitud, pero quizás la más grave y elocuente sea la que tiene que ver con la creencia que hoy impulsa a tantos, demasiados, de que uno puede y tiene que decir lo que se le dé la gana como si fuera una especie de deber civil, un derecho ilimitado y absoluto que se ejerce sin consideraciones de ningún tipo, ni siquiera las más elementales por el dolor ajeno.

Nunca antes en la historia de la humanidad, nunca, había habido tanta gente tan convencida de que el mundo está a la espera de sus opiniones, sus correcciones, sus reflexiones. Es una forma monstruosa y arrasadora de locura colectiva, un delirio que termina engendrando la idea de que hay que decirlo todo aun por encima de los sentimientos más delicados de la gente. Como si ese defecto horrible fuera además una virtud, un acto valiente y generoso.

¿Que es mejor la ortografía que su ausencia? Tal vez sí. ¿Que es preferible que las cosas estén bien escritas y que la gramática les dé sentido y claridad y belleza si se puede? Por supuesto, es una obviedad. Y habrá casos, algunos debates intelectuales, supongo, en los que una precisión lingüística así pueda llegar a ser valiosa y necesaria, aunque nada hay más ridículo que hacer del uso del idioma un acto de superioridad moral.

Hay otros casos, en cambio, en los que solo caben la compasión o el silencio, respetarle a la gente sus tragedias y callarse si uno no puede decir algo amable o útil. Eso parece imposible en nuestro tiempo, plagado de estos voceros y posesos de sí mismos, cuanto más idiotas más arrogantes y ruidosos y entrometidos, siempre dispuestos a dejar oír su voz innecesaria y malsana, su aporte que a nadie le sirve y que nadie está pidiendo.

“Solo hay que decir cosas que den alegría”, decía Norah Borges, la magnífica pintora argentina. Es probable que no siempre se logre, habrá momentos en los que resulte imposible.

Igual el silencio también es una opción, debería serlo: ahorrarle al mundo una dosis más de la maldad y la idiotez que tanto le sobran.

Juan Esteban Constaín
www.juanestebanconstain.com

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