Entusiastas del desastre

Entusiastas del desastre

Hay gente que es ave de mal agüero y está orgullosa de serlo. La política está llena de personas así

30 de diciembre 2020 , 09:25 p. m.

Tengo un amigo que tiene mayordomo, calculen ustedes el delirio de mi amigo. Pero mayordomo de verdad, de librea y corbatín. En realidad es un señor adorable que le hace todo, desde manejarle el carro y cuidarle a sus hijos hasta pagarle los recibos del agua y el teléfono y arreglarle cuanta pelea surja con su mujer, quien una vez, y con toda la razón, sí quiso irse mejor con el mayordomo y dejar tirado al esposo.

El mayordomo de mi amigo es tan fiel que por supuesto no aceptó esa propuesta indecorosa, pero sí le mandó a ella un ramo de flores con el nombre del marido. Casi como E. T. A. Hoffmann, el escritor y músico, que tenía cuatro criados para su baño: uno le alistaba el agua, otro la toalla, otro la ropa. “¿Y el cuarto?”, le preguntaron al maestro, que respondió: “Pues hace lo más importante: se baña por mí...”.

Pero la verdadera pasión en la vida del mayordomo de mi amigo, su talento más allá de la lealtad y el apego a su señor, es dar malas noticias. Le fascinan: las busca, las cultiva, las atesora para luego poder darlas. Y cuando por fin lo hace es como si se le hinchiera el pecho con la satisfacción del deber cumplido; como si nada le diera más felicidad que tender ese manto sombrío sobre el mundo y sus cosas.

No es maldad, además, ni es retorcimiento. Para nada. Es solo una pasión, una verdadera vocación. Cuando su jefe llega de viaje odia preguntarle qué ocurrió en su ausencia, porque ya sabe la andanada que se le viene de desgracias sin cuento: las goteras que aparecieron en la casa, el carro que se lo llevaron a los patios, el incendio que hubo en la cocina, los ladrones que irrumpieron en la noche.

Yo lo conozco bien en esa faceta agorera, pues una vez le pregunté que cuánto me demoraba por tierra de Bogotá a Melgar, ruta que él acababa de hacer a la inversa, y me dijo con cara a la vez de dicha y de tragedia: “Huy, eso prepárese por lo menos para unas cinco o seis horas; con ese trancón no es menos...”. Casi cancelo mi viaje, aunque por suerte no lo hice: me demoré las mismas dos horas de siempre.

Después le conté a mi amigo, que me dijo: “Es que no hay nada que le dé más alegría a Gordon que dar malas noticias; nada lo hace más feliz...”. Parece increíble pero es cierto, y no solo es cierto sino también muy común: hay gente, una cantidad de gente, que se realiza y se solaza en el vaticinio y la constatación de lo malo. Lo condena pero al mismo tiempo lo atrae, lo añora, lo espera.

Son aves de mal agüero orgullosas de serlo, que hacen del cumplimiento de sus oscuras profecías una victoria y un punto de honor; como si prefirieran, casi, que lo malo se imponga para tener la satisfacción de haberlo anunciado, y no que sus augurios fracasen y que todo salga y sea un poco mejor. Gente ominosa, la llamaba Cicerón: gente que siembra el mundo de malos presagios para luego sonreír cuando se cumplen.

La política está llena de gente así, que necesita que todo vaya mal, cuanto peor, mejor, porque su fuerza radica allí, en que sus amargas visiones se den. Todo logro o todo progreso les parece insuficiente; cualquier cosa buena hay que despreciarla, confiar en su fracaso y sus falencias. Lo cual, en un país como el nuestro, no es difícil, pues todo puede siempre ser peor y adivinarlo no tiene ningún mérito.

Es un prestigio muy raro ese, el del fracaso y su promesa. Y es muy rentable y muy común en una sociedad carcomida por sus complejos y sus resentimientos en la que el ánimo destructivo se considera por lo general un acto de valentía y de gran inteligencia, cuando suele ser todo lo contrario.

Porque nada hay más triste que tenerle fe al fracaso; nada peor que hacer de la derrota un triunfo del que la predijo. Mejor no darles ese gusto, feliz año.

Juan Esteban Constaín
www.juanestebanconstain.com

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