Elegía sin ver

Elegía sin ver

José Fernando Calle es uno de los seres a los que más he querido, y resulta que no lo vi nunca.

26 de octubre 2017 , 12:00 a.m.

La pregunta sería si uno puede querer mucho a quien nunca en su vida vio ni conoció, con quien nunca estuvo. Yo creo que sí; bueno, ahora estoy seguro de que sí, por eso escribo esta columna. Es lo que pasa, por ejemplo, con hijos que perdieron muy pronto a sus padres y sin embargo los adoran, llevan su recuerdo como una ilusión, como un acto de fe, el amor gratuito de lo que nunca pudo ser.

También pasa con gente a la que admiramos mucho: escritores, cantantes, futbolistas, filósofos, actores: ídolos nuestros que nos han acompañado toda la vida y por los que muchas veces sentimos un afecto tan grande que es más grande y más real que el que sentimos incluso por personas con las que sí nos cruzamos en el mundo, a las que sí vimos mucho y que jamás nos fueron tan cercanas ni tan importantes ni tan necesarias.

Eso por no hablar de la ficción: de los seres que encontramos en ella y nos conmueven de tal forma que los hacemos parte esencial de nuestra vida, de lo que somos, y son amigos tan fieles como muchos de los que están de este lado de la realidad, por llamarla así. Diré el nombre de algunos de los míos: Newman Noggs, Diego Alatriste, Alonso Quijano, Jack Aubrey, Maqroll el Gaviero: no sé dónde estaría hoy sin ellos.

Algo similar me pasa con José Fernando Calle, el doctor Calle, quien murió la semana pasada en Manizales. Siento que es uno de los seres a los que más he querido en la vida, y resulta que no lo vi nunca, ni una sola vez, y apenas nos hablábamos por Twitter, aunque yo supiera de él desde hacía mucho y con gran admiración, con gran envidia por quienes sí se daban el lujo de tenerlo cerca.

El doctor Calle era un sabio discreto y decentísimo, quizás el lector más fino que haya tenido Colombia en muchos años: un maestro en todo el sentido de la palabra.

Yo supe de él hace diez años cuando Camilo Jiménez, un gran tipo y editor, escribió en su blog, ‘El ojo en la paja’, una reseña sobre mi primera novela, 'El naufragio del Imperio'. Esa reseña la comentó allí el filósofo Pablo Rolando Arango –el malo, el mejor– y mencionó algún consejo que le había dado “el doctor Calle”, un consejo tan brillante y certero que yo me interesé de inmediato por el personaje.

Descubrí entonces que era un sabio discreto y decentísimo, quizás el lector más fino que haya tenido Colombia en muchos años: un maestro en todo el sentido de la palabra, que reseñaba libros en el boletín de Libélula, la librería de Manizales por la que siempre pasaba y que fue su refugio y su casa, el lugar donde la hoguera de su corazón y de su inteligencia iluminó a tanta gente.

Yo siempre preguntaba por él, le mandaba mis saludos y mi admiración. Hasta que algún día, en Twitter, nuestra amiga en común Emiliana Wilches nos puso en contacto. Así supe que era de Popayán, o más bien que se había vuelto de allá el 20 de julio de 1969, cuando llegó a estudiar Derecho y nunca más salió de la ciudad, como nos pasa a todos los que nacimos en ella: que esté uno donde esté, todo el mundo es Popayán.

El doctor Calle murió la semana pasada luego de padecer un cáncer en el pulmón que le produjo la exposición prolongada e involuntaria al asbesto, según entiendo. No fumaba, no tenía más vicios que la lectura y la bondad; y sin embargo lo mató un cáncer de pulmón por el asbesto. Lo vuelvo a decir: se enfermó y se murió por el asbesto, a ver si de una puta vez lo prohíben, para que esa no sea otra causa infame de la muerte aquí.

Y con él siento que se hubiera muerto un amigo mío de toda la vida. Quizás lo fue, sin duda lo fue: todo el mundo es Popayán. Por eso, los jueves, no había mayor orgullo para mí que saber que el doctor Calle había leído mi columna, que le daba sentido y brillo con alguno de sus generosos comentarios.

Así que esta es para vos, querido maestro. Más que nunca. Ojalá te llegue allá donde estés, donde ahora se dan el lujo de tenerte cerca. Amén.


JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
catuloelperro@eltiempo.com

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