El pasado en presente

El pasado en presente

Fue ese fanatismo el que desangró a Colombia a mediados del siglo pasado, y ojalá no volviera jamás

10 de enero 2019 , 06:45 a.m.

En marzo de 1940, dos meses antes de que nuestro país conmemorara el primer centenario de la muerte del general Francisco de Paula Santander, se desató en los periódicos bogotanos una brutal controversia sobre el verdadero legado del prócer, considerado por unos como el fundador moral y civil de la república, mientras que otros le atribuían la paternidad de todos nuestros males, empezando por la mentira y la corrupción.

Esa discusión tenía, por supuesto, un trasfondo político, como suelen tenerlo todas, pues el gobierno liberal de Eduardo Santos se había empeñado a fondo en los gastos y los fastos de la conmemoración, hasta que Laureano Gómez, desde El Siglo, se remangó la camisa, botó el sombrero y escribió una serie de editoriales implacables y feroces contra Santander, sin dejarlo pararse siquiera de su herrumbroso pedestal.

Qué no le dijo Laureano a Santander: que era un mediocre, un cobarde, un intrigante, una víbora; y que mientras Bolívar prodigaba muy noble la gloria de una gesta peleada con las uñas, él contaba los centavos del poder y recogía con avaricia las migajas de la burocracia y del presupuesto. Santander era un espíritu ruin, dijo Laureano: un ‘tibio’, como se diría ahora que se puso tan de moda.

la figura de Santander fue solo un pretexto más, histórico y filosófico esta vez, para agudizar la durísima confrontación que se daba entonces entre el régimen liberal y la oposición conservadora

Lo que vino entonces, después de la andanada laureanista, fue una fenomenal pelea de borrachos, librada desde las columnas de los periódicos, y volaban ceniceros. Eso sí: cada texto era mejor y más erudito que el anterior, de lado y lado, y en esa justa partieron lanzas los grandes prosistas y oradores de la época: Tomás Rueda Vargas, Joaquín Tamayo, Augusto Ramírez Moreno, Alberto Lleras, en fin: todos.

Porque además la figura de Santander fue solo un pretexto más, histórico y filosófico esta vez, para agudizar la durísima confrontación que se daba entonces entre el régimen liberal y la oposición conservadora, cuando ya era evidente que el país avanzaba sin remedio (sin prisa pero sin pausa) hacia el abismo del sectarismo y de esa guerra civil no declarada que iba a durar casi veinte años más.

La historia de la violencia en Colombia –pongámosle las mayúsculas de rigor, La Violencia– es el relato hasta el horror de una sociedad civil que dejó de serlo, y en la que el diálogo político, que por su naturaleza es siempre conflictivo y radical, debe serlo, se ahogó en la ceguera de todos los que intervenían en él, todos, y que decidieron que su triunfo solo era posible con la anulación moral y total del interlocutor, del ‘enemigo’.

Cada facción construyó así un sistema mental (un relato) que prescindía por entero de los hechos y de los matices, pues dentro de él solo cabían los datos que coincidieran con las falacias y los prejuicios que le daban sentido a ese espíritu de secta. Esta es, claro, la descripción de la religión y en general de cualquier ideología, y es también una manera muy simple de mostrar los estragos del fanatismo de cualquier color.

Fue ese fanatismo el que desangró a Colombia a mediados del siglo pasado, y ojalá no volviera jamás. Difícil en una sociedad en la que la vida de la gente no vale nada y las formas más elementales de la crítica son pisoteadas a diario por quienes más deberían defenderlas y ejercerlas. Quizás por eso llevamos lo que va de este año hablando tanto de historia mientras en alguna parte, cada día, matan a un líder social.

Y sí es una buena noticia hablar de historia: no lo hacíamos (no así) desde 1940. Por suerte, ahora hay memes y hay internet. Y entonces como hoy, el pasado fue un río en el que se asoma el reflejo del presente.

Y ocuparnos de la historia es ocuparnos del tiempo en el que estamos, que son todos los tiempos anteriores que desembocan en él y lo definen.

catuloelperro@hotmail.com

Sal de la rutina

Más de Juan Esteban Constaín

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.