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El mismo río

El mismo río

Ni siquiera en medio de una pandemia este país agotador renuncia a sus mezquinas disputas de partido

24 de marzo 2021 , 09:25 p. m.

En 1912 un brillante pensador peruano, Francisco García Calderón, publicó en francés –que era su segunda lengua pero parecía la primera– un libro que entonces se hizo muy célebre y que hoy quizás ya nadie lee: Las democracias latinas de América. Es una especie de filosofía de la historia y una teoría política: un intento por entender, al empezar el siglo XX, lo que era nuestro continente mestizo y ladino desde El Paso hasta la Patagonia.

País por país y después de una introducción muy general, García Calderón definía una serie de rasgos históricos y políticos que habían marcado, desde la independencia, el destino y la vida de cada sociedad latinoamericana: el caudillismo vesánico en Venezuela o el Perú, por ejemplo, el autoritarismo y la nostalgia imperial en México o Brasil, la dictadura perpetua en Paraguay, la intensidad ideológica en la Argentina.

El caso colombiano era muy curioso, decía García Calderón, y sé que el apellido es uno y va con guion pero yo lo escribo así por pura superstición tipográfica, el caso colombiano era muy curioso porque aquí lo que había habido era una especie de “ardor jacobino” en la política: un odio visceral y ciego en el que las ideas eran un pretexto y un instrumento refinadísimo del más violento dogmatismo, del sectarismo como una forma de ser.

En todas partes era más o menos igual, sí, pero en Colombia más que en las demás. ¿Por qué? La respuesta de García Calderón (con guion) es buena y vale la pena leerla, razón por la cual yo no la copio aquí. Pero además porque me parece mejor la que ya antes había dado Aníbal Galindo, un veterano de nuestras guerras del siglo XIX, que hablaba de la “religión de partido” como la gran maldición de nuestro país y su cultura política.

Como el tema que nos había dividido desde el principio era un poco el de Dios y sus límites, nada menos, decía Galindo, nuestros partidos se volvieron estructuras religiosas: iglesias y capillas y sectas más que espacios deliberativos y democráticos; congregaciones de la fe más que del pensamiento o la reflexión o la crítica, alimentadas esas congregaciones por el odio y la intención de lastimar al adversario: extirparlo como a un hereje.

Ese hábito feroz, que está detrás de las luchas por el poder en el siglo XIX, llegó a unos niveles aterradores de acrimonia, estupidez y virulencia en los años 30 y 40 del siglo pasado, cuando esa guerra civil no declarada entre los liberales y los conservadores que aquí llamamos ‘La Violencia’. Alberto Lleras, que era un gigante, lo dijo muchísimo mejor, como siempre: “Descendimos brutal y súbitamente a extremos inauditos...”.

Eso era la Colombia de entonces hace ochenta años: un país embrutecido por sus pasiones malsanas, carcomido en el alma por su obsesión diaria de levantarse todos los días a odiar sin descanso al enemigo. Y no importaba nada, ni la razón ni los argumentos ni nada, este era un país con el puñal entre los dientes. Eso acabó muy mal, ya lo sabemos, con cientos de miles de muertos regados a cada lado, su banderita en la mano.

Y nadie pudo hacer nada para detener ese horror; nadie pudo o nadie quiso o nadie supo hacerlo. Porque además así es la historia, ningún sermón la conjura ni la evita. Lo que es muy triste es no aprender un poco de ella: no recordar que así fue, que eso ocurrió y fue posible y que somos capaces de lo peor casi sin darnos cuenta. Creer siempre que los malos son los otros, atizar el incendio que a la vez nos escandaliza y nos fascina.

Ni siquiera en medio de una pandemia este país agotador renuncia (más bien al revés) a sus mezquinas disputas de partido; ni siquiera un cataclismo verdadero nos redime del que somos ya.

Sí nos bañamos dos veces en el mismo río. Nosotros sí, siempre.

Juan Esteban Constaín
www.juanestebanconstain.com

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