El Frente Nacional

El Frente Nacional

Se volvió tradición hablar mal del Frente Nacional y adjudicarle el origen de nuestras desgracias.

22 de mayo 2019 , 07:00 p.m.

Dentro de la historiografía colombiana quizás no haya un lugar común más aceptado y recurrente que el del desprecio del Frente Nacional, su condena y su repudio. Fue así desde el principio, nomás inaugurado ese acuerdo político entre las élites liberales y conservadoras que allí pactaron la paz: el fin de una “guerra civil no declarada” que había desangrado al país por casi treinta años, si no más.

Muy pronto los críticos del sistema señalaron su vocación oligárquica, para decirlo en términos gaitanistas, su estructura excluyente y cerrada en la que los dos partidos históricos se repartían con cuentagotas el poder sin que nadie más entrara. Así había sido desde la independencia, decían algunos, cuando los patricios criollos pedían ‘cabildo abierto’ mientras le echaban cerrojo a la ventana.

En realidad el Frente Nacional parecía ser lo que Alfonso López Pumarejo, que fue uno de sus inspiradores, había llamado, hablando de otra cosa, una “dictadura pactada”: una repartija de puestos y privilegios que impidió que nuevos fenómenos sociales encontraran un cauce democrático para expresarse en una sociedad que hacía el tránsito forzado y fallido de la barbarie a la modernidad.

Se nos olvida, sin embargo, que el Frente Nacional fue, además de todo lo anterior, un “acuerdo sobre lo fundamental”: un armisticio –sí– al que se llegó después de miles de muertos

Dos grandes conflictos surgieron en ese contexto: el de la insurgencia guerrillera, que fue la transubstanciación ideológica, hacia el marxismo, de los ejércitos de autodefensa del Partido Liberal; y luego, ya cuando el Frente Nacional había empezado a ‘desmontarse’, pero su sombra no, el de la irrupción del narcotráfico: la maldición que le cayó a Colombia y la arruinó para siempre.

Por eso se volvió una tradición hablar mal del Frente Nacional y adjudicarle el origen de todas nuestras desgracias: el Frente Nacional como una estafa de las élites al pueblo; el Frente Nacional como un consenso tibio y mediocre para que liberales y conservadores se repartieran el Estado; el Frente Nacional como la imposición de una ética venal y oficialista que niega toda crítica y disidencia.

Se nos olvida, sin embargo, que el Frente Nacional fue, además de todo lo anterior, un “acuerdo sobre lo fundamental”: un armisticio –sí– al que se llegó después de miles de muertos y tras la degradación brutal de una democracia en la que sus protagonistas se acostumbraron, de lado y lado, sin excepciones, a envilecer al contrario, a anularlo, a negarle su validez moral por el solo hecho de estar en la otra orilla.

Era esa la herencia del siglo XIX, desde el “decreto de la guerra a muerte” firmado por Bolívar en 1813, y en la que la lucha por el poder tenía una condición totalitaria y terminal: o todo o nada; o conmigo o contra mí. Y el que perdiera se tenía que ir: la derrota implicaba quedar por fuera del orden social. Por eso la violencia fue tantas veces el camino escogido para subvertir las cosas; para invertirles el color, por lo menos.

Pero en el siglo XX hubo dos intentos de paz exitosos: el del Frente Nacional –sí– y el del proceso político que desembocó en la Constitución de 1991. En términos históricos, ambos momentos podrían leerse dentro de un mismo relato más largo, complejo y aún en marcha: el de una sociedad que sigue buscando desterrar la violencia como un recurso legítimo y permanente de la acción política.

¿Se puede continuar ahora ese relato, cuando otra vez se habla del Frente Nacional con asco y escepticismo? Ojalá, pues no hay paz sin consenso, jamás. Un consenso que implique la aceptación de que el Estado existe para que no maten a la gente, para eso se creó; y que la democracia es un combate radical, sí, pero sin balas ni atropellos. Y cuanto más amplio sea ese consenso, tanto mejor.

El de una república verdadera, mejor dicho: una sociedad civil digna de ese nombre.

catuloelperro@hotmail.com

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