De portada

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Es evidente que el editor no se leyó el libro, y solo de oídas le puso la foto que mejor le sonaba.

21 de agosto 2019 , 07:19 p.m.

Es una foto y es la cubierta de un libro, algo anticuada, quizás. La ve uno y diría que es de alguna novela romántica –en el peor sentido de la palabra– del siglo XIX: una mujer de vestido largo y rojo, peinada de bucles, coqueta, le estira la mano a su pretendiente, que se arrodilla galante a besársela y la contempla embelesado. Están en un bosquecillo umbroso y otoñal, dónde más van a estar.

Es una imagen que podría ser la de cualquier historia de amor y casi cualquier libro, de hecho. Cualquiera, menos este al que ilustra de manera tan absurda que más parece una burla, un meme. Porque lee uno el título y el nombre del autor y no lo puede creer: Una modesta proposición, por Jonathan Swift. Claro: Una modesta proposición, como la de matrimonio (obvio) que ese joven le está haciendo allí a su bella dama.

Solo que ese libro nada tiene que ver con el matrimonio, por suerte, y en cambio es una de las sátiras políticas más brillantes que se hayan escrito jamás, con el cinismo y el desparpajo únicos de Swift, autor también de los famosísimos Viajes de Gulliver, y a quien hace poco, por una feliz coincidencia, le rendí aquí mismo un sentido homenaje por sus cartas, que son una delicia.

Es una historia tan buena que parece una novela. Y eso que todavía falta ilustrarla

Pero acaso el texto más brutal y divertido de Swift sea ese, Una modesta proposición, en el que sugiere, de allí el título, una medida radical para paliar los que eran en ese momento, 1728, los dos problemas principales de la muy católica y mística Irlanda, a saber: el hambre y la sobrepoblación infantil; la falta de comida y el exceso de niños. Dos problemas que en realidad se debían juntar, dice Swift, para encontrar así la solución.

¿Cómo? Muy sencillo: los irlandeses tenían que cocinar a sus niños y comérselos. Meterlos al fogón, echarles sal y pimienta y servirlos a la mesa. En realidad era un método “honesto, fácil y poco costoso”, pues los pobres traían demasiados hijos al mundo y los ricos, no obstante su riqueza, no tenían nada que comer. Con una decisión tan elemental, sin embargo, ambas calamidades se podían arreglar de un solo golpe.

Por supuesto que el libro de Swift suscitó un escándalo entre quienes eran los destinatarios naturales de su sátira feroz: los aristócratas, los ricos, los desalmados. Además, había en el mundo, entonces como ahora, y siempre, espíritus mojigatos, ciegos y literales, sobre todo esto, que son inmunes a la ironía y al humor y responden a todo indignados y resueltos, tanto más firmes cuanto menos entienden aquello por lo que protestan.

Pero en fin: el tema no es Swift ni su época y sus libros, sino la misteriosa cadena de equívocos y absurdos, o aciertos, o confusiones, o lo que sea, que hizo que un editor escogiera esa foto de una cursi propuesta matrimonial en el siglo XIX para ilustrar un libro cuyo tema es tan concreto, radical y diferente del que esa imagen sugiere, aunque el título diga todo lo contrario.

Para empezar, es evidente que el editor no se leyó el libro, y solo de oídas le puso la foto que mejor le sonaba. Sí: una ‘modesta proposición’, claro, un hombre de rodillas ante su dama, cómo no. Si hubiera sido Cien años de soledad pone a una anciana venerable soplando una vela con ese número en un pastel de cumpleaños, qué sé yo, ya vimos que es capaz de lo que sea. ¿La Divina Comedia, Crimen y castigo, Rojo y negro?

En verdad se le llena a uno el alma de ilusión de solo imaginarse las maravillas que podrían consumar estos audaces e iniciativos editores con cuanto libro caiga en sus manos, desde la Biblia hasta el Kamasutra, a los que quizás ya les hayan intercambiado la cubierta, por qué no.

Es una historia tan buena que parece una novela. Y eso que todavía falta ilustrarla.

catuloelperro@hotmail.com

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