Comer hambre

Comer hambre

Convivir con un bibliópata no es nada fácil, porque su vicio y su pasión nunca se sacian.

06 de febrero 2019 , 07:00 p.m.

Anthony Burgess, que era quizás el escritor más inteligente que había, o uno de los más inteligentes y desvergonzados, decía que la posesión de un libro es el mejor sucedáneo de haberlo leído. Al menos ese era su caso, pues siempre estaba al acecho de novelas o poemas o clásicos que se moría por leer, y entonces los compraba, los dejaba en su biblioteca como una promesa, y nunca más los abría.

Lo peor es que esa certeza a la que había llegado, decía con resignación Anthony Burgess, lo dijo fumando, rascándose la cabeza, no solo no lo había disuadido de comprar más y más libros –muchos más–, sino que por el contrario lo había vuelto más voraz y codicioso, por lo que los estantes de su biblioteca crecían sin parar, sobrepoblados por títulos que ahora, allí, eran bellas ilusiones pero también ilusiones perdidas.

Libros que tenemos, que queremos, y que sin embargo, quizás, nunca vayamos a leer de verdad, en el mejor de los casos apenas a hojear; eso mientras seguimos comprando muchos libros más, siempre con la misma dicha y la misma pasión: con el propósito resuelto y categórico, con la promesa enamorada e ingenua de que esta vez sí. Los abrimos entonces, los olemos, los vemos, los dejamos en la biblioteca. Ahí está.

Lo cual, para mucha gente, es incomprensible, casi inaceptable o inmoral. ¿Cómo puede uno acumular así objetos que no usa, cosas (porque eso son también, sí) que le quitan tanto espacio y tanto dinero y que se quedan allí a merced solo del polvo y del tiempo, de los gusanos, de los ácaros, incluso de las arañas y los alacranes, que casos muy célebres y hermosos se han visto? ¿Cómo puede uno tener libros sin leérselos?

Pues puede, y además, quiere, y lo quiere con el alma. Quiere eso sobre todo, de manera egoísta y posesiva y feliz: acumular libros, sí, tenerlos todos, cuantos más, mejor. Oír por azar la historia fascinante o el título de alguno, y entonces buscarlo en donde toque, durante años si es preciso, hasta que un día, por lo general cuando menos lo estábamos esperando ya, el milagro se consuma y ese ejemplar llega por fin a nuestras manos.

En eso consiste la bibliofilia, o la bibliomanía, o la bibliopatía, o lo que los japoneses llaman ‘Tsun-doku’ y muchos otros, entre los que me cuento, la felicidad: poblar la vida con libros; amoblarla con ellos, para decirlo con una metáfora que al final no lo es, ya que de eso se trata también: de aferrarnos a esos objetos simples y prodigiosos a la vez en los que late el universo –basta abrirlos– y volverlos nuestro asidero, nuestro hogar.

Claro: convivir con un bibliópata no es nada fácil, al revés, porque además su vicio y su pasión nunca se sacian, nunca, y los años no hacen más que incrementarlos y agravarlos, regarles gasolina y fuego, aunque el fuego es el enemigo más perverso de los libros, el fuego y el olvido. Un sabio al que conozco me dijo un día: “Las bibliotecas no crecen, se reproducen”. La suya es tan grande que si la sacan de su casa, la casa se puede caer.

Y no es un cuento: su mujer quiso hace años que se trastearan, y un arquitecto sí fue y le dijo: “Los libros son el pilar de esta familia: los llegan a quitar y esta casa se les viene encima, ni se les ocurra…”. Ella entonces amenazó a mi amigo con el divorcio, le impuso el dilema atroz: “O la biblioteca o yo”. Desolado, sintiendo que botaba por la borda un esfuerzo de años, él escogió por supuesto la biblioteca.

Parece una anécdota increíble, sí, pero no lo será tanto para quien conozca, aun por encima y mal, las vidas, los excesos, las excentricidades de la noble bibliofilia.

Esa secta, esa herejía que tantas veces ha salvado al mundo; esa enfermedad que es al tiempo su remedio. ¿Qué libro es ese?

catuloelperro@hotmail.com

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