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Nunca es tarde

Nunca es tarde

Alguna esperanza queda: hace 30 años Colombia se estaba acabando y de allí surgió la Constitución.

12 de mayo 2021 , 09:25 p. m.

Parece que ahora sí este país se acabó, como siempre. No en vano se preguntaba el general Antonio Nariño en 1823: “¿Qué debemos esperar, pues, de nuestra República si comienza por donde las otras acabaron?”. Y era solo el principio, en efecto, de ahí en adelante el lamento se ha repetido toda la vida y no sin razón. Hasta podría hacerse una antología de primeras páginas de los periódicos con el mismo titular: “Colombia se acaba”.

Aunque esta vez la impresión que tienen muchos, incluso gente que lo ha vivido todo desde hace décadas, no es ya la de estar al filo del abismo sino la de la caída total y definitiva: el abismo de verdad y no solo su eterna promesa. Un amigo dice que bajó el agua y estamos viendo por fin los horrores y estragos que había en el fondo del río; o más bien es lo contrario, digo yo, y es que el río se desbordó y lo está inundando todo.

O las dos cosas a la vez, aunque parezca imposible. Hay algo que sí es muy claro, creo, y es que desde los tiempos de Nariño, es decir desde la independencia, la sociedad colombiana se debate entre sus instituciones republicanas y liberales, basadas en el ideal de la igualdad, y unas estructuras políticas, económicas y culturales heredadas de la colonia y marcadas por la exclusión, los privilegios, el mito criollo de la limpieza de sangre.

En ese proceso interminable de la construcción de la república ha habido progresos y grandes conquistas, sin duda, negarlo sería una idiotez. Pero también se han ido perpetuando y ahondando en él conflictos y fracturas que nacen de ese abismo que hay entre nuestras instituciones y nuestras leyes igualitarias y una realidad atroz y excluyente –con sus dueños– que las niega de manera sistemática.

Siempre se dice que en Colombia no hay Estado y que esa es a la vez la causa y la consecuencia (una de ellas, al menos, y no la menos importante) de esos conflictos y esas fracturas. La idea recurrente de un país con más territorio que gobierno en el que prosperan, por esa misma razón, todas las formas de la ilegalidad, la violencia y el feudalismo, desde el narcotráfico hasta el gamonalismo, que llenan ese espacio vacío.

Ese ha sido el problema aquí desde la independencia, el de la construcción del Estado. Bueno: ese es el problema político por excelencia de todas las sociedades desde el principio de los tiempos, la comunidad. Casi con una definición de manual: el Estado es soberanía y es legitimidad: control territorial y monopolio de la fuerza, sí, pero también un concepto de la ciudadanía que preserve y dignifique la vida de quienes hacen parte de ella.

Margarita Serje, en un libro brillante que se llama El revés de la nación, dice que ese mito de la ‘ausencia del Estado’ fue también un discurso promovido por las élites para justificar un orden político en el que buena parte del territorio nacional era ‘tierra de nadie’, una zona de barbarie que debía ser colonizada por intermediarios de la acción estatal. La ‘ausencia del Estado’, mejor dicho, es aquí la forma en que el Estado hace presencia.

Lo que hemos visto por estos días es el reflejo desbordado de lo que es este país desde hace mucho: un conflicto social en el que solo caben las vías de hecho; una sociedad que dejó de serlo. ¿Por qué? Cada quien tiene su ‘narrativa’ (una palabra tan bella y ya sin remedio pervertida, como la funesta y omnipresente ‘empatía’, aunque esa sí fue fea siempre) y quiere imponerla como la única cierta.

Ese también es el problema: en un país que hizo de las pasiones políticas su religión, nadie renuncia a sus dogmas enceguecidos. Pero alguna esperanza queda: hace 30 años Colombia se estaba acabando, como siempre, y de allí surgió la Constitución del 91.

Nunca es tarde, a ver si podemos empezar.

Juan Esteban Constaín
www.juanestebanconstain.com

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