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Me acerqué a verlo mejor porque no lo podía creer: era un teléfono monedero de 1988 y ‘daba tono’.

El viernes pasado volví a Bogotá desde Berlín en un viaje con “todos los protocolos de bioseguridad”, como se dice ahora: prueba PCR para salir de allá, formato sanitario en Alemania y otro en Colombia, prueba PCR al regresar al país, aislamiento preventivo por 15 días, en fin. Y así será por muchos años más: a los rigores de viajar después del 11 de septiembre de 2001 tendremos que añadir los que nos impuso la pandemia.

El caso es que volví a Bogotá y mientras esperaba mi maleta reparé en un objeto rarísimo y solitario que está en la sala de llegadas del aeropuerto El Dorado. Me acerqué a verlo mejor porque no lo podía creer: un teléfono monedero como de 1988 –sin duda de 1988–, uno de esos grises y metálicos de toda la vida. Sentí una gran emoción, una gran nostalgia. Tanto que levanté el auricular y todo para ver si funcionaba, si ‘daba tono’.

Y sí, sí lo daba. Confieso que eso me hizo dudar de que el teléfono fuera de 1988, porque en ese año habría sido imposible llamar a nadie: Colombia era entonces, y lo fue por muchos años más, un país plagado de teléfonos monederos que no funcionaban casi nunca, y la angustia de acercarse a alguno de ellos en una emergencia la volvía todavía más grave y acuciosa, porque lo más probable es que uno tuviera que salir a pedir ayuda.

Eran tiempos paradójicos, de gran violencia y de gran ingenuidad también, de gran inocencia. Y uno acababa en alguna parte pidiendo el teléfono prestado, que era más fácil que hablar desde uno público. Esa cultura amable y generosa se acabó cuando en algunas casas de familia, horror de horrores, alguna tía decidió poner también su propio monedero, lo que hoy llamaríamos un ‘emprendimiento’.

Pero en los teléfonos de la calle la escena era siempre la misma: primero, ritual colombiano por excelencia, meter la mano, dos dedos codiciosos más bien, para ver si a algún usuario anterior se le había olvidado recoger su moneda; cuando eso pasaba era como ganarse la lotería, llamar gratis si es que se podía, casi nunca. Una vez una amiga, en Bogotá, metió la mano y la mordió un ratón, oh gloria inmarcesible.

Después había que levantar el auricular: no daba tono. Entonces uno colgaba y descolgaba varias veces, cada vez con más fuerza, incluso con violencia, como si eso ayudara y le hiciera entender al teléfono la gravedad del asunto; otro método era el contrario: colgar muy suave, descolgar despacio. Y si uno podía por fin llamar ocurría lo que hoy sería un milagro, porque se sabía de memoria el número que fuera y lo marcaba. ¡Se lo sabía!

Así me ocurrió el viernes pasado frente a ese teléfono monedero en El Dorado: metí primero la mano para ver si había monedas, y no. Levanté el auricular a ver si daba tono, y dio, increíble. Se me vinieron entonces, en un torrente, números fijos que yo me sabía de memoria y que marqué durante años sin despeinarme: 2145390, el de mi casa, 6122703, el de mi gran amigo Rashed Estefenn, 2212930, el de la droguería Ultramar.

Es más: eran tantos los números que se me iban apareciendo el viernes, como fantasmas, que se me ocurrió el argumento de un cuento fantástico: un teléfono monedero en un aeropuerto, como el de Bogotá, en el que uno puede marcar cualquier número de su pasado y alguien le responde en esa época; la persona a la que uno llame. La posibilidad de viajar en el tiempo ofrecida allí, justo donde empiezan o terminan los viajes en el espacio.

Hoy nos parece inconcebible, inexplicable, cómo hacíamos, cómo vivíamos así. Ponerse cita para hablar por teléfono, oír un timbre en la casa y que alguien tuviera que contestar. No estar siempre allí.

Alguien se hizo detrás de mí el viernes, creo que en fila para llamar. Solo espero que un ratón le mordiera la mano.

Juan Esteban Constaín
www.juanestebanconstain.com

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