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La de la intuición

La de la intuición

Estoy seguro de que Shakira ha hecho mucho más por el pueblo que esos que tanto la critican.

05 de mayo 2021 , 09:25 p. m.

Conocí a Shakira cuando ella tenía 16 años, los zapatos todavía pegados al cemento. Llegó a Bogotá con su mánager de entonces, Mónica Ariza, que me la presentó y me dijo con absoluta naturalidad: “Es una compositora barranquillera y será una estrella”. Venía, creo, a hacer la audición del personaje de Wendy en el musical de Peter Pan que iba a dirigir la estupenda María Cecilia Botero.

El papel no se lo dieron y Shakira se devolvió a Barranquilla por donde había venido, en una flota de Expreso Brasilia. Recuerdo dos cosas más de ese episodio: una, la arrolladora fe que ella tenía en su talento, la certeza casi sobrehumana de que iba a conseguir lo que se propusiera; y dos, las burlas llenas de maldad y de clasismo de muchos bogotanos que la consideraban una loba, como en su canción.

Nunca más volví a ver a Shakira pero desde entonces, 1993, me acordaba de ella y de su fallida incursión bogotana cada vez que la veía en televisión con su música, primero la de su prehistoria que hoy la avergüenza, no sé por qué, y luego cuando sacó esa obra maestra que es Pies descalzos, en cuyo culto inicié hace poco a mis hijas adolescentes y les conté esta misma historia para que jamás se rindan.

Lo que ha logrado Shakira desde entonces, se sabe, es alucinante, todo gracias a su descomunal talento y a ese empeño suyo, rayano en el misticismo y la locura, con el que se abrió paso en un país en el que hacerlo es muy difícil, pues basta que alguien sobresalga por algo bueno para que le caigan en manada los mediocres. Pero por el alcance popular de su arte Shakira solo es comparable aquí con Gabriel García Márquez.

Por eso me pareció tan injusto que la semana pasada tanta gente le enrostrara a ella, y a otros artistas también pero en especial a ella, su falta de solidaridad con los muy válidos reclamos de la marcha contra la reforma tributaria. Como si pronunciarse fuera su obligación y el único indicador de su valor como artista y como persona; y como si además tuviera que hacerlo solo así.

¿Y si Shakira, por la razón que sea, no quiere pronunciarse? ¿Si no le nacía hacerlo hace una semana? No lo sé, no tengo ni idea. Pero no deja de ser muy injusto, ya digo, descalificarla por eso en términos morales o políticos o artísticos. A una mujer que creó con su dinero y con su fama una fundación que les ha dado educación y felicidad a miles de niños pobres en Colombia.

Es más: estoy seguro de que Shakira ha hecho muchísimo más por el pueblo que esos benefactores de teclado que tanto la critican y que le reprochan dizque su falta de compromiso social, habrase visto; y estoy seguro de que ha hecho mucho más por este país que la totalidad de sus nocivos dirigentes políticos. Pero es una discusión imposible, claro, como todas hoy.

Porque hay como una especie de vigilancia opresiva y totalitaria por parte de los dueños arbitrarios de las causas sociales para acreditar quiénes sí están en ellas y quiénes no; quiénes están del ‘lado correcto de la historia’ y quiénes son unos vendidos. El criterio para trazar esa línea es muy conocido: los que piensan como yo letra por letra son los buenos, ahí está su salvoconducto, tengan; los demás son unos farsantes.

Ese ha sido el método por excelencia del fascismo, el jacobinismo, el stalinismo y las tiranías más atroces de la historia: o lo que yo diga o nada; o repiten mi discurso o se van a la hoguera. El santo oficio. Por eso la izquierda colombiana nunca llega al poder: por su dogmatismo y su canibalismo, por su espíritu inquisitorial para imponer cuál de los suyos es el más puro y el que está más en lo cierto.

¿Shakira? Por favor: más como ella y este país no necesitaba ni salir a marchar. Y además, en su espacio y a su tiempo, ya se pronunció.

Juan Esteban Constaín
www.juanestebanconstain.com

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