El bus de la derrota

El bus de la derrota

No solo salamos a nuestros ídolos sino que luego les enrostramos furiosos e indignados su fracaso.

16 de septiembre 2020 , 09:25 p. m.

Colombia es un país dado a la idolatría y la desmesura: a la obstinada adoración de cualquiera de los suyos, cualquiera, que haga algo bien en alguna parte y obtenga un premio o un reconocimiento por sus méritos y sus triunfos, por lo general muy luchados. Nos fascinan nuestros ‘héroes’, nuestros llamados ‘embajadores’: estamos siempre al acecho del próximo que llegue, sea un ciclista, un cardenal, un cantante o un futbolista.

Ese es uno de los recuerdos más antiguos que tengo en la vida, el de estar haciéndole barra a un colombiano. Luego descubrí que había allí una especie de rito de iniciación de la nacionalidad, un acto de inscripción en una forma de ser que de alguna manera implicaba sobre todo eso: hacer fuerza. Y además con sufrimiento y con angustia, con los ojos cerrados y las manos en ascuas.

Quizás era eso lo que pasaba también, y es que cada uno de esos triunfos nos pareció siempre, y sigue siendo un poco así, una reivindicación colectiva, un desquite.
Vivíamos tan acostumbrados a la derrota y al fracaso que cualquier colombiano que se le escapara a ese destino fatal nos representaba a todos en ese momento, como si fuera el depositario de nuestras frustraciones por fin vengadas y resarcidas. ¡Por fin!

Esa es más o menos la idea que tengo en los años ochenta, pero parece que así fue toda la vida y sé bien que después nada ha cambiado. Lo curioso y lo triste es que esos brotes de fervor por nuestros héroes suelen coincidir con su inevitable declive, como si se tratara de una maldición. Como si en Colombia, a ver si lo puedo decir bien, saláramos a nuestras glorias nacionales.

Es increíble pero es así, y la historia se repite sin remedio: mientras nuestros pobres ídolos logren esquivar con sigilo el apoyo y el entusiasmo de su patria por ellos, el éxito les está garantizado. Es entonces cuando más triunfos y alegrías cosechan, al amparo bienhechor del anonimato, la soledad, la fuerza solo de su familia y sus pocos amigos verdaderos. Pero empiezan las victorias y empieza también la maldición.

Colombia se enloquece, se concentra solo en ese pobre desdichado que ahora debe cargar con el fardo y la cruz (muchas veces incluso la Cruz de Boyacá) de todo un país que lo está aplaudiendo y que le exige cada vez más, aun en la madrugada. Aunque el dato clave es la propaganda de televisión, pues basta solo una que protagonice nuestro héroe para saber que ya todo está perdido. Se acabó.

Y cuanta más barra les hacemos a nuestros ídolos, peor les va. Es muy raro que en un país tan suspicaz como el nuestro nadie haya señalado nunca esa virtud perversa que nos caracteriza: la de la roya y la ceniza, el mal de ojo. Porque además no solo salamos a nuestros ídolos sino que luego les enrostramos furiosos e indignados su fracaso, como si estuvieran en deuda con nosotros. Nos salen a deber.

Los colombianos cobramos carísimo nuestro apoyo, nuestros desvelos, nuestra entrega sin límites y siempre festiva y voraz y coqueta a la causa de todo nuevo dios que llegue al pedestal; aunque más que un pedestal es un altar sacrificial, pero ese no es nuestro problema. Allá ellos, quién los manda a sobresalir y a ganar y hacer su mejor esfuerzo. Eso sí, no nos pueden fallar. Eso jamás.

Porque entonces, con la misma pasión y la misma ligereza de nuestro fervor, los acabamos y nos ensañamos con ellos, proclamamos el fraude que fueron siempre. Eso se sabía, decimos, era un paquete. Pero que venga el siguiente, a ver: que llegue pronto el nuevo campeón. Ciclismo, fútbol, automovilismo, rocanrol: estamos listos, nos frotamos las manos.

Esperamos dichosos el bus de la victoria, que aquí siempre conduce al abismo y la derrota. Pobres nuestros ídolos, no los merecemos.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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