¿Seamos serios?

Eso es lo que caracteriza a una sociedad que no es seria: su obsesión por serlo y parecerlo.

28 de octubre 2020 , 11:34 p. m.

Lo único peor que la falta de seriedad es lo contrario, su exceso o más bien su ostentación y fingimiento: la seriedad extrema como una pose y un ritual vacío y sin sentido; la seriedad como un discurso y una estrategia para aparentarla y convencer a los demás de su admirable presencia. No la seriedad verdadera, digamos, sino la del que la exagera y la proclama para ocultar que carece por completo de ella.

Es algo que en el caso colombiano me desborda, me abruma, me saca de quicio, me vence: nuestra falta de seriedad encarnada, sobre todo, en el intento opresivo y grotesco y permanente por esconderla, por disimular su sombra. La seriedad como engaño y ficción: una ceremonia ridícula para apaciguar la conciencia de los verdaderos responsables de que nada funcione bien.

Supongo que es algo que tiene origen en nuestro pasado colonial, pues esa fue una de las características principales del funcionamiento del imperio español en América: su formalismo, su burocratismo, su solemnidad pomposa y casi literaria para remplazar y omitir la realidad del Nuevo Mundo –siempre turbulenta– con una serie de ficciones jurídicas y políticas que la hacían comprensible y tolerable aunque nada tuvieran que ver con ella.

Uno de los famosos lemas del imperio, “se obedece pero no se cumple”, se refería justo a ese abismo entre la realidad y la ley; entre la vida desbocada y caótica y esa ilusión de orden y armonía que ofrecían el derecho, la religión, la política, la fe. Y cuanto más grande y hondo era ese abismo, más aparatosos y enrevesados eran los conjuros del poder para ocultarlo y hacer de cuenta que no estaba siempre allí.

Y nos quedó ese legado perverso: la sobreactuación en las formas para demostrar con ellas, y muchas veces solo con ellas, que aquí sí somos serísimos y rigurosos, inflexibles en el cumplimiento del deber. Como diciéndole al mundo: “Miren lo serios que somos, miren esto...”. Y por lo general esa idea, que es un complejo, se materializa en un acto solemne y litúrgico: una fila, un formulario más, otro formato que hay que llenar...

Lo cual sería maravilloso si funcionara de verdad y produjera efectos positivos, pero suele ser todo lo contrario, y de sobra sabemos los colombianos que cualquier nuevo intento por hacer más serias las cosas acabará en un nuevo procedimiento engorroso e inútil, un nuevo requisito delirante, un nuevo trámite estúpido. Y si alguien pregunta por la razón de ser de esas funestas y tortuosas iniciativas, nadie es capaz de darla.

¿Por qué? Porque no la hay: nada justifica ni explica una cantidad de prácticas a las que estamos sometidos a diario aquí solo para honrar y mantener la ficción (sé que he usado mucho esta palabra hoy, pero es que no hay otra mejor) de nuestra seriedad imposible y risible. Entre otras cosas porque eso es lo que caracteriza a una sociedad que no es seria: su obsesión por serlo y parecerlo, su apego a las minucias y la simulación.

¿Por qué un severo guardián del orden y la tradición nos pide a la salida de un supermercado el recibo de compras, a ver, por qué? Con ‘plumaster’ y todo, como para darle un visto bueno a nuestra vida. ¿Por qué hay que fotocopiar la cédula al 150 % en el banco, a ver, por qué? Eso por no hablar de muchos de los ‘protocolos’ presenciales contra el coronavirus, más bien foco de contagio y diseminación de la enfermedad.

Nos fascina ser implacables en lo pequeño e insignificante para expiar allí, y así, nuestras desgracias verdaderas, de las que en cambio no nos ocupamos bien casi nunca. No en serio, para decirlo como toca.

Hay que tenerle terror a la seriedad aquí, su simulacro perpetuo y compulsivo. Verla venir, uy, todo está perdido.

Juan Esteban Constaín
www.juanestebanconstain.com

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