Religión de partido

Religión de partido

Ese tema de la religión fue fundamental en la construcción de las identidades políticas en el país.

05 de agosto 2020 , 09:25 p. m.

Aníbal Galindo fue un gran personaje de la Colombia del siglo XIX: abogado, economista, viajero, escritor y polemista, su vida, como todas las vidas de ese tiempo convulso y tormentoso, fue una vida de novela. Conoció a Alejandro Dumas en París, por ejemplo, y allá narró para sus amigos bogotanos la noticia del fusilamiento en Querétaro del emperador Maximiliano; tradujo con belleza y precisión el 'Paraíso perdido', de John Milton.

Todo eso, y mucho más, está en sus memorias, sus 'Recuerdos históricos', como se llama ese libro que es una joya y que publicó la Imprenta de La Luz en Bogotá en 1900. Pero en realidad lo que hay allí es la historia, a través de las peripecias y evocaciones del autor, del delirio sectario de la política colombiana desde la independencia: “Estos odios salvajes en que se enciende el furor de nuestras constantes revoluciones…”.

Aníbal Galindo le da a ese fenómeno un nombre que es perfecto y desolador: la “religión de partido”. Fue ella, dice, la que arruinó a Colombia en ese siglo XIX marcado por el atraso y las guerras civiles, el espíritu de secta, el enfrentamiento constante entre dos bandos excluyentes y dogmáticos que se turnaban el poder y desalojaban y envilecían al contrario cuando el Gobierno caía en sus manos.

Claro: ese es un poco el signo en todos los países de América Latina por entonces, y también lo es, de alguna manera, en la Europa revolucionaria y romántica que desembocará luego, para estallar en mil pedazos, en la Primera Guerra Mundial. Pero ese tinte religioso de las disputas políticas en Colombia sí parece haber llamado la atención de muchos, incluso la de Francisco García Calderón cuando estudió el asunto en todo el continente.

Y no es para menos, pues ese tema de la religión fue fundamental en la construcción de las identidades políticas en Colombia. Hubo otros, sí, como el de la cuestión territorial o incluso el de la ambigua cuestión económica, en la que las fronteras muchas veces se diluían. Pero la postura frente al catolicismo y su poder y su relación con el Estado marcó aquí lo que significaba ser liberal o conservador desde 1832.

Entonces se produjo ese fenómeno que describe con despecho y frustración Aníbal Galindo, la “religión de partido”: el dogmatismo y el enceguecimiento, la devoción por los caudillos como si fueran dioses, la enajenación y la renuncia al pensamiento, el repudio del adversario porque siempre será un criminal. Cada bando dueño totalitario de una única verdad, la suya, una única luz, la suya, una única bondad incuestionable, la suya.

Es muy curioso ver cómo todos los protagonistas de esa historia de violencia y disolución tenían clarísimo el diagnóstico del problema, pero la culpa se la atribuían siempre a los demás, nunca a sí mismos. Los malos eran los otros, claro, los fanáticos siempre eran los enemigos, qué oscuro espejo. No hay testimonio de esa época, ninguno, que no incluya un lamento desgarrador sobre esa hoguera que todos allí atizaban con furia y pasión.

Jorge Holguín hizo un balance devastador en 1905: los desastres políticos del siglo XIX le habían costado a Colombia casi 52 millones de pesos de la época: una fortuna; varias veces el presupuesto nacional, del cual ya decía por entonces el general Uribe Uribe que se iba todo en defensa y seguridad y casi nada en educación. “El apasionamiento”, “la exacerbación”, “los golpes”, “las conspiraciones”: antes no nos había ido peor, sugiere Holguín.

Y poco después diría Uribe Uribe: “Da mucho en qué pensar que, en el último año del primer siglo de nuestra vida como nación independiente, la práctica de la república no nos haya enseñado a respetar las opiniones ajenas…”. En fin, la historia patria.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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