El fuego eterno

Los dioses del arte y deporte suelen ser los mejores. La prueba es que casi siempre los crucificamos

02 de diciembre 2020 , 09:25 p. m.

La humanidad conoce tres formas fundamentales de la idolatría: la religión, la política, el arte y el deporte. Y digo tres y no cuatro porque aunque el arte y el deporte sean distintos y podrían verse cada uno como un fenómeno separado en la adoración que ambos suscitan, sus ídolos suelen serlo casi siempre por la misma razón, la del talento y la perfección, la del genio como un misterio que conmueve y fascina a los demás mortales.

Sí: la idolatría es la enajenación, la renuncia a la sensatez y la razón; en eso consiste. Tertuliano la consideraba el peor de los crímenes, el más grave de los pecados: el único que ofende por igual a Dios y a los hombres porque la adoración de los ídolos conduce al error y la herejía –la suplantación de Dios– y además es como un suicidio: la muerte de la humanidad, la anulación absoluta de su voluntad libre y soberana.

Pero no me interesa hablar aquí, no hoy, de la idolatría en la religión o en la política, quizás la forma más perversa y también más recurrente de la idolatría: el caudillismo, el mesianismo, el providencialismo: la vida como una entrega enceguecida y alienada a una causa, una ideología, una iglesia; la vida como un hecho gregario que no admite críticas ni exámenes de ningún tipo. Para que al final todo sea lo mismo, una secta.

En el caso de los artistas y deportistas, sin embargo, la idolatría por ellos suele ser un acto de gratitud, acaso el más enaltecedor y noble y feliz que conozca nuestra especie, por lo general tan dada a lo contrario: la mezquindad, la envidia, la infamia. Adorar y celebrar al que tiene talento, en cambio, es reconocer que la humanidad vale la pena y que es capaz también de cosas grandes, eternas, hermosas.

El genio es un misterio, ya dije, porque nada lo explica de verdad ni lo hace comprensible del todo; en ese sentido es un milagro también: un rapto y un suceso que nos maravilla y nos arroba, en el viejo sentido de la palabra, no en el que ese verbo tiene hoy. Ni la práctica ni la disciplina ni la dedicación explican la presencia caprichosa del genio, su irrupción en el mundo como una epifanía y una bendición, porque eso es.

Que el mundo sea el lugar donde ocurrieron Dante o Paul McCartney, digamos, o Maradona o Nadia Comaneci, lo redime de su mediocridad y su insignificancia; lo justifica, lo honra. Por eso el destino de los ídolos es también una tragedia, porque en él expiamos los demás nuestras miserias, pidiéndoles a ellos muchas veces que nos den más de lo que ya nos dieron, su alma y sus dones. Los adoramos para sacrificarlos, eso es.

Y no: no se puede separar jamás al genio de la ‘persona’, como lo piden tantos mediocres que juzgan a los genios y los llevan a la hoguera de su vanidad y beatería. Porque el genio es la persona: la totalidad de su ser, de eso se trata, ahí están todas las claves de su grandeza y de su obra. Eso es lo que nos maravilla: que esa persona concreta y única haya sido el lugar de su propia aparición y sus proezas, por eso la adoramos.

¿Con indulgencia y desmesura, con irracionalidad y patetismo? Sí, tal vez sí: ya dije que el idólatra es un enajenado y un poseso, un hincha. Pero en el caso del arte y el deporte la idolatría hacia sus héroes festeja la mejor versión de lo humano, con sus luces y sus sombras, sus cumbres, sus abismos. Son esos seres excepcionales –eso es el genio– los que descifran con su arte los misterios del universo, nada menos.

Y al hacerlo, al descifrar esos misterios, nos hacen partícipes a los demás de la secreta sustancia del mundo, su sentido y su esplendor. “Todo está lleno de dioses”, decía Tales de Mileto. Y los del arte y el deporte suelen ser los mejores.

Prueba de ello es que casi siempre los crucificamos. Amén.

Juan Esteban Constaín
www.juanestebanconstain.com

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