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Una precursora

Una precursora

'Josefinita' es un ejemplo de lo que significa la política como un destino al servicio de los demás.

28 de abril 2021 , 09:25 p. m.

Acaba de morir en Popayán, entera y sabia como vivió toda su vida, Josefina Angulo de Garrido, ‘Josefinita’, como le decíamos los que tuvimos el privilegio y la suerte de conocerla y beneficiarnos de sus luces, su bondad, su espíritu sereno, alegre e indomable. Su nombre es uno más, y no cualquiera, pero es que ninguno lo es, de la estela luctuosa y desoladora que ha ido dejando a su paso la pandemia.

Eso es quizás lo más impresionante de este año interminable y agotador, un año inmóvil como si fuera siempre más bien el mismo día, pero lo más impresionante es eso: las cifras que a diario oímos y repetimos y comparamos de las víctimas mortales del covid (como si no fuera suficiente tragedia y tortura ya con la enfermedad hay quienes además le dicen “la covid”), detrás de las cuales lo que hay son millones de vidas que se fueron.

Parece una obviedad pero no lo es en absoluto: cada uno de esos números fríos y objetivos y crecientes arrastra consigo una historia única e irrepetible, una familia y su dolor y sus recuerdos, un destino cumplido y en tantos casos truncado a causa de esta pesadilla que si nos la hubieran vaticinado y dicho hace dos años habríamos creído que era imposible, un delirio. Y sin embargo ocurrió, la historia siempre ocurre.

Esa parece ser una certeza que perdió nuestra especie en las últimas siete décadas, desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, como si todas sus conquistas científicas y materiales, que son indudables y asombrosas, y las vacunas contra el covid son una prueba más de ello, la hubieran convencido de su infalibilidad y su inmortalidad. Creímos que hay cosas que ya no nos iban a tocar, pensamos que la historia nunca vuelve.

Lo más extraño –o tal vez todo lo contrario– es que las principales víctimas de esta peste han sido quienes más recursos psíquicos tenían para afrontarla, los viejos. Son ellos quienes alcanzaron a vivir en un mundo muy distinto y con mayor consciencia histórica en el que las catástrofes y el sufrimiento eran parte esencial de la vida; en eso consistía vivir también, en lidiar con cosas así casi todo el tiempo.

El caso de Josefina Angulo es emblemático porque perteneció a una generación histórica, la de nuestras abuelas, en la que un puñado de mujeres sin complejos ni temores se abrieron paso en la vida pública en Colombia cuando algo así era no solo impensable sino también imposible, o casi. Fueron ellas, de hecho, las que abrieron como precursoras ese camino que hoy por suerte parece irreversible y cada vez más amplio y poblado.

Ignoro de verdad cuál es el lugar que hoy tienen en el feminismo colombiano y su relato los nombres de Aydée Anzola, Josefina Valencia, Esmeralda Arboleda y tantas más que decidieron romper con los prejuicios y las estructuras de su tiempo y que lucharon por la posibilidad y el derecho de que las mujeres salieran a la calle a elegir y a ser elegidas; a gobernar como ya lo hacían, y mejor que tantos hombres, en otros ámbitos.

Ha sido una lucha ardua y difícil, sin duda, y falta mucho. Pero quienes la iniciaron, como Josefina Angulo de Garrido, se merecen todos los honores. Alcaldesa, gobernadora, senadora de la república pero sobre todo una mujer bondadosa y brillante, lúcida, vital, siempre lista a ayudar en las causas más justas. El suyo es un ejemplo muy alto, y hoy excepcional, de lo que significa la política como un destino al servicio de los demás.

Para mí será siempre un recuerdo feliz de mi juventud. Su sonrisa, su consejo, su presencia generosa y aleccionadora en la vida de todos lo que fuimos, a mucho honor, alumnos de su hija Ana Lucía.

Me cuentan que en su despedida leyeron su verso favorito de Amado Nervo: “¡Vida, nada me debes! ¡Vida, estamos en paz!”. Para qué más.

Juan Esteban Constaín
www.juanestebanconstain.com

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