Premio de consolación

Premio de consolación

El Nobel es una de las supersticiones más bellas y absurdas de nuestro tiempo, es una ruleta rusa.

14 de octubre 2020 , 09:25 p. m.

El Premio Nobel es una de las supersticiones más bellas y absurdas de nuestro tiempo: una especie de ritual pagano que sirve para señalar el inicio de un nuevo ciclo, como la primavera pero en octubre. Y es también una suerte de misterio de los dioses, como si hubiera que esperar en ascuas durante un año entero –y la verdad es que sí– para saber por fin quiénes serán las nuevas víctimas propiciatorias.

Y es la rueda de la fortuna y es una ruleta rusa el Nobel: un azar caprichoso e incierto que cada año premia el talento, la persistencia, la originalidad, la vida. Y como pasa siempre con cualquier premio, su concesión es también la supresión inmediata de todos los que no se lo ganaron; el negativo de una foto, y entonces se ven todos los que se quedaron por fuera una vez más.

En el ámbito de la literatura es famoso el caso de Jorge Luis Borges, quizás el escritor más grande del siglo XX. Pero a Borges nunca le dieron el Nobel, aunque tampoco es que lo necesitara, todo lo contrario, y esa se volvió una noticia recurrente todos los años, casi un chiste: “Otro Nobel que no le dan a Borges...”. Debía de ser una pesadilla para el pobre poeta ciego el mes de octubre, un infierno.

Ahora le pasa a Haruki Murakami todos los años, y se le burla una cantidad de gente por no ganarse el Nobel, como si fuera su obligación y no la maldición que ya es en su caso. Quien sí creía que ganarse el Nobel era una obligación fue el grandísimo poeta italiano Giusep-pe Ungaretti, y por eso no se lo ganó nunca. Él tampoco. Entonces dijo que los académicos suecos eran unos ignorantes y unos cretinos y se murió.

Otro italiano que fue candidato eterno y más que justo y siempre fallido, Alberto Moravia, tuvo que soportar una deshonra mucho peor que esa, y es que sus amigos le hicieron un año la perversa broma de llamarlo en octubre a decirle que eran de la Academia Sueca y que se había ganado el Nobel. El pobre Moravia dio una rueda de prensa mientras todos los periódicos del mundo anunciaban el nombre del verdadero ganador, no el suyo.

Conocemos bien el anuncio de la Academia cada año, su jactancia y su altivez oracular. Pero casi nunca vemos ni oímos la otra parte de la historia, la reacción de quienes están al otro lado del teléfono y del mundo. Boris Pasternak, que se ganó el Nobel de Literatura en 1958, respondió con un telegrama: “Agradecido, conmovido, orgulloso, asombrado, avergonzado”. Dos días después tuvo que enviar otro para rechazarlo, la URSS lo obligó.

Siempre me acuerdo de lo que contaba Juan García Ponce del día en que todos en México celebraron la noticia del Nobel a García Márquez, que estaba allí con ellos. Fue en la casa de Álvaro Mutis, una borrachera fenomenal. Y ya en la noche nadie se dio cuenta de que el pobre García Ponce, en su silla de ruedas, se rodó por una colina mientras gritaba: “¡Hijos de puta, hijos de puta, hijos de puta!”.

Este año la mejor escena del Nobel (hay video) es la del economista Robert B. Wilson que tuvo que ir a las 2 de la mañana a la casa de su colega Paul R. Milgrom a decirle que ambos se lo habían ganado. La Academia Sueca estaba tratando de localizarlo pero nunca les contestó. Menos mal no es como cuando escogieron Papa al Cardenal Besarión en el siglo XV y su paje no lo quiso despertar para darle la noticia; fueron a buscar otro Papa.

También hay un video del 2007 cuando Doris Lessing ganó el Nobel de Literatura, todo es literatura. Se estaba bajando de un taxi con una lechuga en la mano, los periodistas le dieron la noticia. “¿Qué piensa?”, le preguntó uno de ellos. “Que no he pagado el taxi”, contestó ella.

Después dijo: “Es un premio más, qué voy a hacer. Por ahora, preparar el almuerzo”. Doris Lessing, premio Nobel.

Juan Esteban Constaín
www.juanestebanconstain.com

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