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Criar cuervos

Criar cuervos

A los aduladores del poder todo gobierno les parece bueno mientras esté allí y los beneficie.

Contaba Macrobio, que fue un delicioso e infinito escritor del siglo V después de Cristo, un gramático y un erudito y un astrónomo y un chismógrafo que formuló por primera vez en la historia la paradoja del huevo y la gallina —qué es primero, nadie lo sabe—, contaba Macrobio que al regresar Octavio de la batalla de Accio, en la que derrotó a Marco Antonio y abrió el camino del imperio, lo recibió en Roma un adulador, un lambón.

Pero no era un adulador ni un lambón cualquiera, claro que no, porque este llevaba al hombro un cuervo que al ver a Octavio le gritó: “¡Viva Octavio emperador!”, ante lo cual el vencedor de Accio, muy conmovido e impresionado, cómo no, sacó una bolsa de monedas y se la dio al dueño del pájaro, verdadero ejemplo de zalamería y obsecuencia y melosería políticas, era un genio, amaestrar al animal para halagar al ganador.

A los pocos días, un socio de ese adulador y lagarto profesional, como diríamos en Colombia, solo que no quiero que esta sea una fábula, no del todo, a los pocos días el socio fue donde Octavio y le dijo que su amigo no le había compartido nada del botín pero además le confesó que ellos tenían otro cuervo igual de amaestrado y listo, solo que en vez de gritar por Octavio gritaba por Marco Antonio: “¡Viva Marco Antonio emperador!”.

Y lo que hicieron, obvio, fue sacar al pájaro que estaba con el que había ganado. Esperaron a ver qué pasaba en la batalla y qué general volvía victorioso a Roma y se jugaron esa carta, pero les habría dado igual jugarse la otra si tocaba. Como esa vez que un amigo, al borde de las lágrimas, me mostró un poema que un viejito le había escrito en la Feria del Libro de Bogotá. No le quise mostrar el mío, que era idéntico, porque él pagó más.

Así pasa todo el tiempo en la vida y pasa sobre todo en la política, como en el enfrentamiento entre Octavio y Marco Antonio, quien además, entre el poder en Roma o quedarse con Cleopatra en Egipto, prefirió a Cleopatra, con toda la razón. Pero el poder es un juego sostenido por quienes están siempre a la espera del que vaya a ganar sin importar quién sea, es lo de menos.

Los aduladores del poder, sus principales operadores y administradores, lo que quieren es eso, el poder, faltaría más que no, esa es su vocación en la vida y les da igual quién lo ejerza y con qué ideología o qué principios: todo gobierno les parece bueno mientras esté allí y los beneficie. Y el siguiente les parecerá aún mejor: para ellos la política solo es la forma de conquistar y mantener el poder, nada más.

Hay quienes saltan incluso de barco en barco, de flor en flor, intuyendo hacia dónde sopla el viento para irse detrás de él a ensillarlo y navegar siempre sobre la cresta de la ola. Desde el punto de vista filosófico y moral algo así puede parecer aberrante, el colmo del cinismo; desde el punto de vista político es la expresión primordial de la supervivencia, la astucia, la sagacidad.

Los conocemos de sobra: siempre están parados en la tarima del que gane, sea el que sea, con la sonrisa de oreja a oreja y esa expresión solemne de estadistas abnegados que solo piensan en el futuro y la gloria de la patria. Han sido de varios partidos, de todos. Pero es por nuestro bien: ellos se sacrifican cada cuatro años, ellos ponen por encima de sus intereses la suerte de Colombia.

Lo triste es que sin ellos no se puede gobernar ni ganar las elecciones; hay que cortejarlos, seducirlos, alimentarlos. Y el que crea lo contrario, así sea con las mejores intenciones, alberga una quimera, una vana ilusión, una derrota segura y para siempre.

Ya nos corren pierna arriba las elecciones, en ellas se nos va la vida. ¿Qué nombre gritarán los cuervos esta vez? Esperemos a ver quién gana.

Juan Esteban Constaín
www.juanestebanconstain.com

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