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Sacarla del estadio

Sacarla del estadio

Con este fútbol, sin público y sin nada, siento lo mismo que cuando fui al estadio por primera vez.

La primera vez en mi vida que fui a un estadio de fútbol a ver un partido fue en 1988, creo, un amistoso en El Campín entre Millonarios y la Selección Colombia que se iba a alguna parte y necesitaba foguearse o por lo menos recoger una plata. No recuerdo el marcador pero sí lo mucho que me enfureció que nadie estuviera ‘transmitiendo’ el partido, que nadie lo estuviera ‘narrando’.

Yo lo que esperaba era vivir allí adentro, en el estadio, lo mismo que vivía en mi casa cuando había fútbol y uno prendía el televisor y alguien le contaba todo y lo embellecía con una cadencia trepidante y sin parar que era la de nuestros narradores deportivos: su gritería feroz, su voz desgañitada y al filo del abismo que sin embargo era parte esencial del juego, su banda sonora, su alma.

Tanto que los papás tenían en esa época la costumbre sofisticada de bajarle el volumen al televisor y poner la radio para ver en la pantalla lo que estaba pasando mientras lo oían con dicha y emoción en los alaridos descontrolados y poéticos de esos juglares del balón que eran capaces de hablar a tal velocidad y con tanto ritmo que uno al final tenía ganas más bien como de bailar o correr o llorar.

(Un paréntesis ahora que digo bailar: en esa época había también un programa de televisión que se llamaba El precio es correcto, con Gloria Valencia de Castaño, claro. Era un concurso sobre la canasta familiar; otro, digamos, además de la vida. Y el momento culminante era cuando doña Gloria hacía que los participantes les pusieran el precio a los productos mientras bailaban y ella los aupaba y les decía: “Bailando, bailando, bailando”).

Pero en fin, y volviendo al fútbol, esa costumbre de bajarle el volumen al televisor y poner la radio mientras el partido, lo vine a descubrir y a entender luego, era un homenaje a la literatura porque los narradores radiales tienen que ser mucho más poéticos y expresivos en su descripción de las jugadas. El suyo es un género literario, no periodístico; su voz hace que cada partido sea, aún más, un acto de fe.

(Otro paréntesis: ahora que me acuerdo sí había ido a un estadio a ver fútbol una vez antes de ese partido entre Millonarios y Colombia. Fue en Popayán, en el glorioso estadio Ciro López, a quien también conocí y monté en su Renault 12 que no supo jamás lo que era la segunda. Ese partido fue entre el América de Cali y la Lotería del Cauca y se acabó cuando en un tiro libre Jairo Ampudia sacó del estadio el único balón que había).

Lo cierto es que me costó mucho trabajo, ya después, acostumbrarme a que la experiencia del fútbol era una en el estadio, con uno allí, y otra muy distinta por televisión con los gritos del público y la narración y toda esa parafernalia que le da sentido a ese espectáculo que también nos fascina justo por eso, por su solemnidad, su grandeza, su condición monumental y religiosa.

Porque eso es lo otro: ver partidos de fútbol todos los días solo nos pasaba en el barrio, de resto había que esperarse hasta el domingo, como con la misa, o hasta alguna ocasión excepcional, como con la misa. Hoy, en cambio, los niños de once años nos instruyen con su tableta en la mano sobre los tres partidos que se ven a diario: el City contra el Schalke, el Real contra el Craiova, el Barça contra el Ferencvárosi.

Y me ha pasado, con este fútbol de ahora en el coronavirus sin público y sin nada (o aun peor: con risas grabadas, como en El Chavo del 8), que volví a sentir lo mismo que cuando iba al estadio las primeras veces y me hacía falta todo. Es una manía, lo sé, pero es como si el juego perdiera su misterio cuando oímos a sus dioses gritar y respirar.

Es como si les viéramos las costuras, la humanidad. Sé que es lo mismo, quizá, pero no es igual.

Juan Esteban Constaín
www.juanestebanconstain.com

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