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Encerar y pulir

Encerar y pulir

La nostalgia –sobre todo la nostalgia de lo no vivido– lo embellece todo, lo vuelve un ideal.

Para quienes fuimos niños y crecimos, hasta donde ello era posible, en la década de los 80 del siglo pasado, la época que entonces tenía prestigio era la de los 60, no la nuestra. Eso pasa siempre: la nostalgia –sobre todo la nostalgia de lo no vivido– lo embellece todo, lo vuelve un ideal. Había además razones de peso para que ese pasado de nuestros mayores nos gustara tanto y nos diera tanta envidia: los Beatles, los Rolling Stones.

En 1988, de hecho, se estrenó en Estados Unidos la que para mí sigue siendo la mejor serie de televisión de todos los tiempos, Los años maravillosos, una celebración de esa nostalgia sesentera de la que nunca nos curamos del todo, por fortuna, y que cada tanto revive con la certeza de que esa década de oro fue como una especie de verano del mundo y una ensoñación, un momento de gracia, un concierto al aire libre.

Los 80 nos parecían en cambio muy sucios y estridentes, casi vergonzosos, nunca pensamos que nadie los fuera a idealizar jamás. Menos si uno creció en Colombia, este planeta tan distante de la Tierra en el que todo, pero todo, llegaba siempre tarde. Una vez le dije a un amigo economista que quien niegue el progreso de Colombia no sabe lo que era abrir aquí una ‘fruna’ en los años 80.

Es más: nunca supimos a qué podían llegar a saber las frunas, dado que lo que comíamos, hasta el final, era papel de fruna. Y así nos fuimos, eso éramos. Y nuestro único canal de comunicación con el mundo era la televisión: la que se producía acá, de magnífica calidad, oh maestro Julio Jiménez, y la que nos llegaba importada en unas latas de metal, los famosos ‘enlatados’ que eran un anuncio a un tiempo del presente y el futuro.

El presente afuera y el futuro nuestro que algún día iba a llegar; y cuando llegó ya era viejo, claro, ¿o en qué otro país del mundo hubo conciertos de Samantha Fox hasta bien entrado el año de 1990? En Cali, para que vean ustedes el nivel de todo, la gente que le pagó boleta a ese concierto lo hizo en lo fundamental para poderle gritar durante dos horas a la pobre Samantha, que apenas sonreía sin entender nada, “¡zorra, zorra, zorra!”.

Pero quizás nada nos deslumbró tanto a los niños de los 80 como la saga magistral de Karate Kid, al punto de que nuestras peleas solían terminar, en el colmo del dramatismo, cuando alguno de los combatientes levantaba los dos brazos y saltaba en un pie, muy serio, para hacer la famosa ‘patada de la grulla’: el golpe certero e ilegal con el que Daniel Larusso le ganó el campeonato de 1984 a Johnny Lawrence en Karate Kid I.

Y en este revival ochentero que sufre el mundo –increíble: mis hijas adolescentes se visten como mis primas de 18 en 1986–, me vi por fin la famosa serie Cobra Kai, que le da varias vueltas de tuerca a la historia de Karate Kid y nos muestra lo que nunca vimos en ella, la vida de los malos, la razón verdadera por la cual lo eran. Nuestros enemigos de entonces aparecen ahora humanizados por el tiempo, son los buenos.

Ese es, se sabe, el propósito del arte y la ficción: mostrarnos el otro lado de las cosas, revelarnos su trama. Y es también lo que más me ha gustado de Cobra Kai, que ahora los héroes son los otros. Tuvieron que pasar casi cuarenta años para que viéramos la historia así, la otra parte, pero nunca es tarde: nada como el tiempo para descifrar en todos sus pliegues y contradicciones lo que es la humanidad.

Es una serie ochentera, claro, llena de personajes y situaciones inverosímiles; como era la vida entonces y lo será siempre. Pero al verla recordamos lo que dijo Spinoza sobre el acto de vivir: “Ni reírse ni quejarse ni despreciar sino entender”: de eso se trata, no es más.

O como decía el señor Miyagi: “Encerar y pulir, encerar y pulir...”. Y ya.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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