Ciegos sin oír

Ciegos sin oír

La gente suele creer o no en las atrocidades de la guerra según su predilección política.

13 de marzo 2019 , 07:00 p.m.

Ahora que está otra vez tan de moda el magnífico George Orwell, por fin de moda, tenían que pasar los años para que sus pesadillas se cumplieran y la gente encontrara en ellas un consuelo y una explicación, ahora he vuelto a leer ese ensayo suyo, bellísimo y estremecedor, sobre sus días como legionario en la Guerra Civil española, de la cual salió en julio de 1937 con un tiro en el cuello. “Es que es muy alto”, dijo un camarada.

En ese ensayo, que se llama Volviendo la vista a la guerra española, Orwell cuenta que una noche logró infiltrarse con un compañero en el campo contrario, el “territorio fascista”, como lo llamaba él. Entonces ambos vieron correr a un enemigo y de inmediato le apuntaron para dispararle. Lo habrían hecho de no ser por un detalle ridículo, y es que mientras corría desesperado, el pobre tipo iba con los pantalones sueltos, agarrándoselos.

Dice Orwell que igual él no era un buen tirador –no sabía disparar, mejor dicho– y que era improbable que a esa distancia pudiera acertar en tan absurdo blanco. Pero además no jaló del gatillo, según sus palabras, porque estaba allí para matar fascistas; “y un tipo que se agarra los pantalones para correr no es ningún fascista: es alguien como uno mismo, una criatura igual, y así es imposible dispararle...”.

Todo el mundo es capaz de prescindir de las evidencias, valga la paradoja, y ver solo la viga en el ojo ajeno, nunca en el propio.

Pero lo otro que dice Orwell en su ensayo, lo más importante y revelador, es que la gente suele creer o no en las atrocidades de la guerra según su predilección política. Se acaban entonces la razón y la verdad: “Todo el mundo cree en las atrocidades del enemigo y descree de las de su propio bando…”. Todo el mundo es capaz de prescindir de las evidencias, valga la paradoja, y ver solo la viga en el ojo ajeno, nunca en el propio.

Ese es el resumen perfecto de lo que era, de lo que fue la sociedad española en ese momento atroz de su destino, ya de por sí convulso y desgarrador desde siempre: una sociedad enceguecida por el fanatismo, carcomida hasta lo más profundo por el espíritu de secta; una sociedad que ya no lo era en absoluto, que había dejado de serlo, atizada en su violencia por una larga historia de exclusiones, negaciones y desencuentros: Las ‘Españas’.

Y es muy curioso, porque como lo han señalado muchos autores, Colombia vivía en ese momento una historia casi paralela a la de la Guerra Civil española, solo que acá fue una “guerra civil no declarada” en la que las formas oligárquicas del bipartidismo mantuvieron la ilusión de la República por mucho más tiempo, mientras por dentro el fuego ardía y bramaba y se iba tragando todo el maderamen del viejo caserón.

En el caso colombiano, como se sabe, lo que hubo también fue una inmensa y desvergonzada irresponsabilidad de la clase dirigente de los dos partidos (siempre es bueno recordarlo: en ambos), mientras el país se despedazaba y todo intento por llegar a un acuerdo para acabar con la violencia, de verdad, era ahogado entre discursos solemnes y patrioteros y una voluntad cada vez más nítida de recrudecer la barbarie.

Al poder se llega o por la vía armada y la revolución violenta, cosa que acá no pasó en el siglo XX ni en lo que va de este, por suerte, o por la carretera destapada de la democracia, caso en el cual, para resolver los conflictos, se necesita del consenso: el reconocimiento de la existencia de los otros, del ‘otro’, por repugnantes que nos sean. Y se necesita también, claro, aceptar que hay quienes ganan y quienes pierden, de eso se trata.

De lo contrario es el mundo del que habla Orwell en su ensayo: visiones cerradas y paralelas de la sociedad, voces que jamás se van a encontrar. Nunca.

Ciegos que solo ven su espada –su báculo–, ciegos que no quieren oír.

catuloelperro@hotmail.com

Columnistas

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.