Borrar la historia

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La mejor forma de corregir el pasado no es abolirlo ni borrarlo sino conocerlo, tratar de entenderlo

17 de junio 2020 , 09:25 p.m.

De Amerigo Vespucci, el cartógrafo y diplomático que le dio su nombre a nuestro continente, solo hay dos estatuas en el mundo: una en su natal Florencia y otra en Bogotá, Colombia, hecha por el maestro Octavio Martínez Charry. En Washington D. C. también hay un busto de Vespucci, aunque es una réplica del original que se quemó en 1851. Y en Francia hay otro en el que parece un jipi viejo.

Pero estatuas, lo que se dice estatuas de Amerigo Vespucci, solo hay dos: la florentina y la nuestra, puesta allí en la calle 94 con carrera 7.ª por instigación de Germán Arciniegas, quien escribió tres libros magistrales sobre la familia del famoso cartógrafo y quien siempre decía que era increíble que a uno de los protagonistas del Renacimiento le hubieran dado en homenaje un continente pero no una buena estatua

La de Bogotá es como el retrato de Dorian Gray: cuanto más la ultrajan, con más bríos regresa. Tiene o tuvo o tenía una esfera celeste en la mano izquierda, que a lo largo de los años ha sido remplazada por un canasto, unos brasieres, una botella de aguardiente, una bolsa de la Olímpica o nada en absoluto, lo que hace ver al pobre Vespucci como pidiendo limosna. ¡El embajador de los Medici en Sevilla!

Un amigo me contó una historia increíble pero cierta, y es que no solo los rebeldes se suelen ensañar con don Amerigo porque simboliza, al menos de nombre, los estragos del descubrimiento y la conquista de América (oh), sino también los hinchas de Millonarios, que antes lo usaban para celebrar con violencia los triunfos de su equipo contra el América de Cali. Allá iban a saltar y a humillar al gran florentino.

Una vez le pusieron un gorro jamaiquino al sabio, vida mía, con peluca rastafari y todo. Otra vez sus enemigos fueron más lejos y le cortaron de un tajo la cabeza: lo hicieron con tanta brutalidad que no fue un corte horizontal en el cuello, la típica decapitación, sino un corte vertical de arriba abajo, y quedó como Blas de Lezo. Pero es casi un milagro: no importa cuántas veces lo hayan destruido, Amerigo Vespucci siempre regresa.

La destrucción de las imágenes (la iconoclasia) es una de las tradiciones más antiguas de la especie humana; una de las formas más perdurables de la memoria, y en ese sentido los monumentos sirven para lo que fueron creados, para hacer presente lo pasado. Como esas estatuas paganas cegadas por los cristianos en el siglo IV y que hoy cuentan dos historias a la vez: la del paganismo y la del cristianismo que lo cegó y lo devoró.

Es que con los ojos del presente ningún pasado es tolerable, la verdad. Es una paradoja del progreso, porque la historia que lo hizo posible siempre lo va a avergonzar. Son tantos los horrores de los que está hecha la memoria –la memoria y el olvido, aun fundido en bronce– que si se trata de derribar estatuas no va a quedar piedra sobre piedra; no va a quedar nada. Porque además, en la mayoría de los casos, nadie sabe quién era quién.

Es otra paradoja: la de las estatuas que revelan su identidad solo cuando las tumban. Y así mucha gente descubre por fin quién estaba allí, antes de darle el último empujón hacia el abismo. Un gesto que casi nunca va acompañado del desmonte verdadero de las injusticias que ese pasado, así presente, encarnaba. Nada hay más ingrato e implacable que la eternidad; nada se purga y se corrige con más violencia que la historia. Y está bien.

Aunque la mejor forma de corregir el pasado no es abolirlo ni borrarlo sino conocerlo, tratar de entender lo que fue. Y la indignación, que es hoy una religión, es un pésimo método histórico.

Por eso lo único que está quedando en pie son los pedestales: el símbolo por excelencia de nuestro tiempo y su arrogancia.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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