Bocas abiertas

Bocas abiertas

La vieja inclinación de nuestra especie por la bajeza encontró su paraíso en las ‘redes sociales’.

04 de diciembre 2019 , 07:00 p.m.

Hace un par de meses, en una serie de entrevistas por televisión, el rugbista galés Gareth Thomas, que en su país es una estrella y un mito, contó que es portador del VIH. Lo hizo entre lágrimas, desconsolado. Pero no tanto por el dolor mismo de la noticia, sino más bien por un hecho relacionado con ella que de alguna manera la hacía peor y más triste. Un hecho en apariencia anecdótico, pero que no lo es en absoluto.

Las palabras de Gareth Thomas sobre su condición fueron incluso de optimismo y sabiduría, de amor y templanza: las de quien confía en los enormes progresos que ha logrado la ciencia para aumentar la calidad y las perspectivas de vida de los portadores del virus; las de quien cree, porque así se lo dijeron sus médicos, que con los cuidados del caso su salud va a estar bien.

Lo que de verdad lo destrozó, dijo Gareth Thomas, es que llevaba más de un año chantajeado por unos periodistas inescrupulosos y voraces que lo amenazaron con filtrar la noticia antes de que él mismo, cuando estuviera preparado, y si se le daba la gana, se lo contara al público o a quien quisiera: a su pareja, que por supuesto ya lo sabía, a sus amigos, a sus padres.

Este episodio parece uno más de la larga y triste y sucia historia del amarillismo periodístico. Sin embargo, es como si en él se revelara también una condición más amplia de la sociedad de hoy

Eso fue lo que más le dolió: que un reportero tocara un día en la puerta de la casa de sus papás y les preguntara, micrófono en ristre, si ya sabían que Gareth estaba “enfermo de sida”. Así se lo dijo, con esas palabras indolentes e ignorantes. Los pobres señores, que no tenían la menor idea, dieron un portazo y se sentaron a llorar. Pero ese momento tan íntimo que les pertenecía solo a ellos y a su hijo se fue para siempre.

Este episodio parece uno más de la larga y triste y sucia historia del amarillismo periodístico. Sin embargo, es como si en él se revelara también una condición más amplia de la sociedad de hoy, uno de sus rasgos esenciales. El peor de todos, además, que consiste en que nadie es capaz de respetar ya nada. Como si decirlo todo, a toda hora, por infame y atroz que resulte lo que se diga, fuera una especie de virtud civil.

Cuando es al revés, pues la civilización también es un esfuerzo por que el respeto y la compasión, además de otros valores hoy desprestigiados, impidan que los instintos brutales de la humanidad se vuelvan la norma, el único camino para vivir en sociedad. Eso implica cultivar el diálogo, sí, la palabra como el acto que es; pero implica también cultivar el silencio: preferirlo cuando toca, si lo que uno va a decir hiere a quien no se lo merece.

Y no se trata de defender la censura ni tampoco de reivindicar una imposición mojigata de las buenas maneras contra la libertad de expresión, el debate y la verdad; claro que no. Pero la vieja inclinación de nuestra especie por la perversidad y la bajeza encontró su paraíso en las llamadas ‘redes sociales’, donde es muy fácil decir o difundir las cosas más atroces sin la menor consideración por nada ni nadie.

Como esos leones de piedra que tenían siempre su boca abierta en la República de Venecia –allí están todavía, un recuerdo del horror– para que manos anónimas y aviesas fueran dejando en ellas infamias y calumnias que luego la Inquisición procesaba a placer. Es igual hoy, solo que en una turba universal y desbordada que padece a un tiempo logorrea y graforrea: incontinencia verbal, cáncer en el alma.

Por eso las tragedias, que son lo más sagrado que tiene la gente, se devalúan y se desnaturalizan tan rápido: porque cada quien las vuelve un pretexto de su voz y sus delirios, sus obsesiones, su vanidad. Una algarabía que aplasta y eclipsa el dolor de las víctimas; que lo va despojando de sentido y trascendencia.

El resto es silencio, como dijo Hamlet. Pero cada vez menos, por desgracia.

catuloelperro@hotmail.com

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