Bajar La Línea

No solo es una experiencia geográfica. En esas dos horas, si no hay trancón, está Colombia entera.

22 de julio 2020 , 09:25 p. m.

Pasé buena parte de mi infancia recorriendo por tierra la ruta que de Bogotá conduce a Cali o Popayán y viceversa. La hacía todas las vacaciones, a veces en bus –aunque esa es una historia aparte– o por lo general en el Chevette rojo de dos puertas de mis papás. Salía uno de madrugada, siempre, y llegaba de noche, siempre. Con el carro a reventar de cosas que no servían para nada, hasta un botiquín. Y eso si el carro llegaba.

He vuelto a hacer ese viaje en tiempos recientes, aunque un poco menos, y muchas de esas cosas se mantienen casi iguales: el paisaje agreste y gélido del sur de Bogotá, nublado al amanecer, que muy pronto se va llenando de color y de luz por la salida hacia Silvania. En ese tramo suele haber un olor penetrante a azufre, como el vaho de algún río que se mezcla con las toses de las fábricas de la región.

Luego uno siente que empieza a bajar de verdad: no solo el paisaje cambia de golpe, y se hace más verde y más vivo, también el clima es ahora ardoroso y sofocante. En una hora puede uno atravesar tres o cuatro pisos térmicos, desde el páramo de la Sabana (es un decir) hasta el valle del río Magdalena, cuando los nombres de los sitios le hacen creer al viajero que ya casi va a llegar adonde sea: el Boquerón, Melgar, Girardot...

El rito de paso, antes, era la ‘Nariz del Diablo’: una especie de orgullo nacional, y con toda la razón: un pedazo de la montaña que se sale y se lanza hacia el abismo. Ahora solo se ve de ida o de venida, no recuerdo bien hacia qué lado, porque en la otra dirección ya existe la ‘doble calzada’ y por ahí no se pasa. Tampoco volví a ver en la carretera los quesillos del Espinal, aunque eso ya es en el Tolima.

Ese del Tolima es quizás, junto con el del Valle, el mejor paisaje de la jornada: lo que Álvaro Mutis, que era de allí, llamaba ‘la tierra caliente’: el clima y la vida –el paraíso– entre Ibagué y Calarcá o La Tebaida o Sevilla. La zona cafetera atravesada por la cordillera Central: los ríos que bañan las guaduas y los guayabos, el rumor augural de esos ríos transparentes que nacieron con el mundo. Basta oírlos cantar.

Pero mientras eso hay que subir y bajar La Línea, la experiencia colombiana por excelencia. No solo una experiencia geográfica sino también, y sobre todo, sociológica, cultural, metafísica. Dicen que ya casi está listo, por fin, el túnel que la atraviesa de un lado al otro; ojalá haya luz al final de ese túnel, pero lo cierto es que nos vamos a sentir muy raros cuando lo inauguren: 500 años después, por fin, parecerá una ficción.

Los carros recalentados y varados a la vera del camino, el vómito de los niños y las tías, las caras de sufrimiento de todo el mundo, las ‘mulas’ siempre por el carril que no es, los pitos estridentes, el olor a freno quemado, los espontáneos que avisan del otro lado si viene carro o no y uno les tira una moneda, el radiador, el carburador, el relay: ahí, en esas dos horas, si no hay trancón, está Colombia entera y su destino.

Eso le dije yo una vez a un amigo francés que venía para acá y me preguntó por una experiencia de verdad colombiana. Vaya a La Línea y luego a una corraleja, le dije, y todavía no ha vuelto. Lo que me impresiona, cambiando de tema, es que esto de la mitigación y la cuarentena por el coronavirus ha sido como los viajes por tierra de Bogotá a Cali en mi infancia: en Ibagué uno ya no aguantaba más y todavía faltaba subir La Línea.

Vamos apenas por Cajamarca y estamos agotados, cómo no, y todavía nos falta La Línea. Ojalá no haya trancón allá arriba. Ojalá, sobre todo, se vea muy pronto a lo lejos el contorno de Armenia.

Entonces faltarán cinco horas para Cali, sí. Pero eso ya es como haber llegado. Siempre lo fue, ojalá.

Juan Esteban Constaín
catuloelperro@hotmail.com

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