Ahora sí

Ahora sí

La paradoja está en que Colombia fue siempre un país xenófobo y refractario por excelencia. 

10 de julio 2019 , 07:00 p.m.

Ya había señalado yo aquí, hace un par de meses, y de verdad con mucho respeto y cariño, el hecho paradójico y casi surreal, por decir lo menos, de que tanta gente estuviera dichosa en Colombia con la perspectiva de volverse judía española para luego, ahí sí, volverse española, pasaporte en mano de la Unión Europea. Como si fuera ese, porque lo es para muchos, y es inevitable que así sea, un plan festivo y novelero, un acto social.

La paradoja está, y lo decía yo en mi artículo pasado, en que Colombia fue siempre, y ojalá ya no lo sea más —“yo en ese entonces no era conservador, ni todavía lo sigo siendo”, decía mi amigo Gerardo Bermeo—, un país xenófobo y refractario por excelencia, una sociedad enemiga de los extranjeros, o por lo menos recelosa hasta el absurdo de su influencia y su presencia entre nosotros. Como si aquí la barbarie viniera de afuera.

Hubo excepciones, claro, hay miles, millones de casos que significan lo contrario. Y la historia de muchos de nosotros aquí es también el relato de la hospitalidad y la bondad con las que este país recibió a nuestros ancestros. Pero el pasado de la nación colombiana arrastra con la sombra de haberles cerrado la puerta en la cara a muchos que no pudieron entrar cuando más lo necesitaban; ese estigma está allí y no se puede borrar.

El ‘sefardismo’ es uno de los capítulos de mayor esplendor y belleza de la diáspora judía. Con sus poetas, sus filósofos, sus astrónomos, sus traductores, sus médicos, sus teólogos

Y muchos otros que sí entraron tuvieron que soportar, en silencio, con la cabeza gacha, el rechazo y las burlas, las humillaciones, la discriminación. En especial los miembros de la comunidad judía, los inmigrantes de esa fe y esa cultura —las dos cosas a la vez, en eso consiste ser judío— que llegaban de los lugares más diversos, con sus lenguas y sus prácticas y su historia, y aquí se asentaron y aquí vivieron contra viento y marea.

Porque además el Estado colombiano, los gobiernos sucesivos, practicaba y reflejaba, aun desde la ley, los mismos prejuicios de la gente en la calle. Y el antisemitismo en Colombia (me da pena recordarlo, pero hay que hacerlo) llegó a ser un hábito tan arraigado que en muchos momentos pareció ser, y lo era, una política oficial, un discurso cuyas bases y cuyos alcances nadie o casi nadie se atrevía a cuestionar, más bien al revés.

Pero lo más asombroso es el caso de quienes sostuvieron, durante años, la teoría un poco obvia y sin embargo escandalosa, aquí, de que en Colombia, como en todos los países de Hispanoamérica, podía haber desde la Colonia la presencia de elementos sefardíes y aun ‘judaizantes’, como se decía entonces, es decir conversos al cristianismo que de puertas para adentro, en su casa, seguían profesando la fe de sus mayores.

El ‘sefardismo’ es uno de los capítulos de mayor esplendor y belleza de la diáspora judía. Con sus poetas, sus filósofos, sus astrónomos, sus traductores, sus médicos, sus teólogos; con su lengua ladina, que en un pasaje sublime de Los caminos a Roma reproduce Fernando Vallejo. Eso fue lo que expulsaron los Reyes Católicos en marzo de 1492; y los que se fueron llevaban consigo las llaves de su casa, las llaves de España.

Y era obvio que muchos de esos desterrados, desterrados otra vez, vinieran a América. Así lo dijeron historiadores como Julio Caro Baroja o Boleslao Lewin; sin documentos casi, claro que no, no los había, pero era probable que así hubiera ocurrido. Y cuando alguien repetía esa hipótesis en Colombia, la gente saltaba ofendida y furiosa. Las tías sacaban el rosario para demostrar, carachas, que aquí todos éramos cristianos viejos.

Muchas de esas tías son las que hoy hacen fila en los consulados de España para reclamar su pasaporte europeo, caray. Una de ellas le dijo a un amigo: “Mijito: es que yo no soy judía, yo soy es sefardí...”.

Lo que pasa en realidad es que es colombiana.

catuloelperro@hotmail.com

Sal de la rutina

Más de Juan Esteban Constaín

CREA UNA CUENTA


¿Ya tienes cuenta? INGRESA

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.