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¡Es la salud mental, doctores!

¡Es la salud mental, doctores!

Necesitamos una estrategia que enfrente la amenaza desde sus diferentes raíces.

26 de septiembre 2021 , 09:52 p. m.

Si hablar de suicidio es difícil, ahora imagínense escribir sobre el tema. Y peor: sobre suicidio de jóvenes. Puedo sentir, en las falanges de los dedos, la incomodidad que me genera teclear sobre un estigma social. Reconozco, en todo caso, que es necesario forzarme a hacerlo y que al hacerlo sumo, aunque sea modestamente, a los esfuerzos de quienes valientemente se han pronunciado al respecto. Hoy más que nunca urge hablar (y actuar) sobre el suicidio juvenil.

Según el Instituto de Medicina Legal, en el primer semestre del año se registraron 1.489 muertes por suicidio, un aumento considerable respecto del 2020. No se trata de un problema originado en la pandemia ni fraguado en nuestro territorio: el suicidio lleva 30 años de ascenso –silencioso y constante– en el mundo. La pandemia, no obstante, ha profundizado los problemas de salud mental en la población, como ha dejado en evidencia el informe de ‘Percepciones universitarias’ de la Asociación Colombiana de Universidades (Ascun): casi la mitad (48 %) de los estudiantes encuestados reportaban sentirse más solos, 38 % no le encontraba sentido a la vida y 55 % reconocía estar más irritable a raíz de la pandemia. No es sorpresa que el Ministerio de Salud reporte un aumento de 30 % en las consultas en líneas de atención mental. Estamos frente a un problema alarmante. Y la única reacción posible es una sobrerreacción.

Todo problema complejo exige ser atacado de manera sistémica. Los esfuerzos aislados, los paños de agua tibia son insuficientes cuando se trata del suicidio juvenil. Necesitamos una estrategia que enfrente la amenaza desde sus diferentes raíces. Desde el estigma social, la soledad del joven y la fricción que dificulta la atención del problema. Llamémosla la estrategia de las tres C: conocimiento, compañía y costos.

Lo primero es conocer, que más personas conozcan sobre el tema. Un entorno más preparado, que sepa reconocer señales de alarma y reaccionar apropiadamente, es superior a una sociedad tímida que prefiere meter el monstruo debajo de la cama, con la ilusión infantil de que allí, en la oscuridad, el monstruo desaparecerá. ‘Spoiler’: los monstruos debajo de la cama no solo no desaparecen, sino que engordan y crecen. Y una obviedad: mientras más grande el monstruo, más difícil de erradicar.

Lo segundo es acompañar. Si la pandemia llevó a encierros físicos, no hay que perder de vista que las redes sociales ya habían generado un ensimismamiento. Doblemente recogidos, los jóvenes no encuentran con quién hablar de sus desafíos mentales. Desde las universidades tenemos la tarea de acompañarlos. Programas de bienestar y atención a los estudiantes que abran espacios, nos pongan en modo proactivo y les demuestren que no están solos.

Lo tercero tiene que ver con costos. No puede ser que un joven que se siente solo y es disuadido por el estigma social de exponer los monstruos de su mente llegue a una EPS y, en vez de toparse con atención y calidez, sea recibido con formularios y justificaciones de por-qué-no-lo-pueden-atender. Urge reducir la fricción. Al joven que sufre de problemas de salud mental habría que tratarlo como al paciente de covid-19. Esto es, con la mayor prioridad y atención. Es inadmisible que el joven tenga que debatirse entre una (des)atención letárgica o una consulta privada que no puede pagar. Si nuestros jóvenes, como dicen todo el tiempo, son verdaderamente la prioridad, entonces necesitamos prevención, agilidad y calidez desde las EPS.

He llegado al final de mi columna y, admito, no ha sido fácil. Ha sido, en todo caso, un esfuerzo minúsculo si se compara con lo que un joven que sufre de salud mental debe padecer para salir de ese rincón oscuro. Hagamos más para que no sea así.

JUAN DAVID ARISTIZÁBAL

(Lea todas las columnas de Juan David Aristizábal en EL TIEMPO, aquí).

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