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Tres caras del amor (1)

Tres caras del amor (1)

Era Antonio Caro, un artista diferente, murió la semana pasada al tiempo con Napoleón, el psicólogo.

Cuando en el formulario para ingresar en la agencia de publicidad Leo Burnett en 1975, donde bajo la égida del ‘Negro’ Gonzalo Mesa laboraban todos los duros, como Otto Greiffenstein y su asistente Leonor Reyes, Sorzano, Bettelli, Basile, Santiago García, Soto Aparicio, Bernardo Salcedo, Fausto Panesso, Carlos Duque, contesté al interrogante de cuántos libros tenía que varios millares en rústica y empastados, el psicólogo entrevistador que después sería un Bonaparte de las encuestas no siguió con el cuestionario, y a pesar de que las otras respuestas no le fueran satisfactorias, le puso el sello de aprobado y me invitó al bar de la esquina a hablar sobre temas de su especialidad, pues él también era empedernido bibliófilo, tanto que quedó impresionado cuando le mencioné, aparte de El malestar de la cultura de Freud, Sadismo y masoquismo de Steckel, Eros y civilización de Marcuse, El amor, las mujeres y la muerte de Schopenhauer, Sexo y carácter de Otto Weininger, genio suicida más joven que Andrés Caicedo. Allí aprendí a no escribir frases tan largas.

Para no quedar como perito en lunas de libídine descendí a títulos más obligantes para la ocasión, como Cómo ganar amigos e influir sobre las personas de Dale Carnegie para contrarrestar mi fama de antisociable, para mostrar mi cercanía con el negocio La venta empieza cuando el cliente dice no, de Leterman y Sagarin, y para justificar mis bíceps en desarrollo el Método de Tensión Dinámica de Charles Atlas.

Cerrado el ciclo del consumo, hoy descansan en sendos lotes de la eternidad, aquí
en la tierra.

Me presentaba el franco Napoleón ante los clientes como un Quijote al que de tanto leer no se le había secado el cerebro sino que se le había alborotado la creatividad. Me asignó un sueldo fenomenal y un puesto al lado de un jovencillo flaco, de rasgos indiscretos y de melena esponjosa, que se mantenía haciendo velitas en los andamios y recitando como un maníaco frases sin ton ni son que los demás creativos iban copiando y después aplicaban como eslóganes a sus productos. Le decíamos cariñosamente Carito y de tomar tanta Coca-Cola le inventó una firma a Colombia con iguales caracteres. Era Antonio Caro, un encanto mientras no se pusiera bravo, un artista diferente, un creativo sin antecedentes comerciales, un genio en bruto, el mismo que murió la semana pasada al tiempo con Napoleón, el psicólogo. Cerrado el ciclo del consumo, hoy descansan en sendos lotes de la eternidad, aquí en la tierra.

Ah, mi biblioteca que día y noche desempolva mi empleada Alejandra como si estuviéramos en los arenales egipcios. Me encanta ver cómo de cada volumen lee dos o tres líneas y esboza una sonrisa o un gesto de complacencia o de terror y vuelve a cerrarlo. Biblioteca que no cambiaría por la de Alejandría, antes de que el califa Omar y/o Julio César la volvieran pavesas. Nado en ella como Rico McPato en su piscina de dólares.

Pero esta es apenas una de mis tres obsesiones, como lo vengo divulgando desde el diluvio: la bibliomanía, la dipsomanía y la sexopatía. Desde que me conozco vestido siempre anduve, además de con un libro en la mochila arhuaca, con una dama de gancho y una licorera en el bolsillo del corazón. La chica podía ser una especie de aristocrática Karenina, una madame Bovary burguesa, una cortesana como Naná o una Lolita nabokoviana.

Uno de los libros que leí en la adolescencia fue El libertino y la revolución, del enorme poeta Jorge Gaitán Durán, referido al Marqués de Sade. Lo malo fue que a pesar de estar comprometido con la revolución decidí que era más intrépido desposarse con el libertinaje, ya que pertenecía más a los rebeldes sin causa. Y por allí se escurrieron mi comportamiento y parte importante de mi palabreo. Asumí todas las licencias del impetuoso Donatien, pero lo que no me tragaba era las blasfemias chirriantes en contra de Jesucristo, que merced a mi ateísmo light me propuse redimir de los improperios, como el del pérfido Voltaire que había exclamado: “Escupiré sobre el infame”. Este par de personajes que me marcaron, por su exageración anticrística me retrotrajeron al maestro de Galilea.

Jotamario Arbeláez
jotamarionada@hotmail.com

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