¿Salvará Dios el mundo? (1)

¿Salvará Dios el mundo? (1)

En ese cielo oscuro que llaman sueño, me entró el sueño con Satanás más curioso que haya tenido.

06 de octubre 2020 , 09:07 p. m.

En mi actual claustro estoy bastante alejado de los enemigos del alma como son el mundo, el demonio y la carne y sus tentaciones, y eso que cuento con una compañera todavía bastante atractiva pero que bajo el cielo que nos cobija anda más recogida que yo. Con la drástica cuarentena decretada sobre esta opulenta ochentena que cumpliré, no tendré acceso a Bogotá ni al resto del orbe tal vez hasta final de los tiempos. Y como con el demonio también hace rato partí cobijas, ya no tengo necesidad ni de echarme la bendición antes de dormir. Pero ¡alertas! Antenoche, después de cerrar el libro de Job y los ojos, y entrar en ese cielo oscuro que los vivos llaman sueño, me entró el sueño con Satanás más curioso que haya tenido. Este ángel alicaído, más aburrido que una ostra, estaba sentado en mi sillón en la sala, ojeando la revista Semana, cuando yo bajé por un whisky. No me sorprendí en lo menos mínimo. Desde que rompimos el pacto quedamos en tratarnos de tú a tú. “Muy bonito lo que estás haciendo, le dije, poner a la humanidad a parir borujos, amenazando la vida de todos los descendientes de Adán, por más tapabocas y guantes que usen, o sea, la Creación del Señor de las Alturas, con la más miserable basura inanimada y envenenada de los microbios. Merecerías que te aplastara la cabeza una virgen”.

“Debo decirte algo para empezar, poeta convertido que me haces caer la caja de risa. Yo no existo. Ya oíste lo que dijo el infalible papa Francisco, y tendrán que creerle sus feligreses a menos que se tornen en mis aliados, que el infierno no existe, o sea, mi casa y mi reino. El infierno fue reemplazado por la inexistencia, del lugar y del castigo para los pecadores. Luego yo sobro. Esa declaración de un Papa más habilidoso que el diablo acabó con el reino de las tinieblas y con su Jefe Supremo.

Solo he existido en tu mente y en tu inconsciente, desde que en tu niñez te inculcara tu abuela que yo era el espíritu y el genio del mal y el castigo de los pecadores a los que, por el contrario y en sana lógica, yo debería premiar por seguir mis insinuaciones y desobedecer u ofender al otro Supremo. Además nunca fui tan malo, ni tan feo, ni tan cascarrabias. Malos los que ustedes padecen en sus gobiernos. Me tomaré mis merecidas vacaciones en el vacío y la inexistencia decretada por el Vaticano, que al fin sirvió para algo. Y encárguense ustedes que lo lanzaron, y no yo, de contrarrestar la apocalíptica y no poco política amenaza del virus lento. Con permiso yo me piso”. Y desapareció en lo oscuro.

Debo aprovechar mi reconciliación con el Señor de los Cielos y de la Tierra, de los cuales se nos amenaza con la extinción de dominio

Debo hacer caso omiso de esas comunicaciones a manera de interferencias con las que sí deben tener sentido. Y aprovechar mi reconciliación con el Señor de los Cielos y de la Tierra, de los cuales se nos amenaza con la extinción de dominio. Y encomendarme a Él como lo hace mi hermano el poeta Jan Arb, familiarizado de añares con este tipo de invocaciones con respuesta segura, a fin de averiguar, con el regente del pasado, del presente y del futuro, qué fue lo que pasó para que pase lo que está pasando y qué pasará.

Pero me asusta hacerle una invocación que presuponga un encuentro de tú a Tú. Si algo he aprendido en la vida es a guardar las distancias. Me concentro y recito el apóstrofe que me confiaron para alguna emergencia los maestros espirituales y le pido Al Que Todo Lo Ve Y Lo Oye que tengamos nuestra entente durante el sueño como lo logré con el Otro, terreno neutral que todo lo soporta sin que la pérfida razón lo devore.

Tan pronto como cierro los ojos se me va el mundo que conocemos y entra un resplandor que me hace poner la mano como visera, pero no se trata solo de luz, sino de la evidencia de la Presencia. Tengo plena conciencia de que estoy en un sueño con los ojos abiertos. Tanto que recuerdo a Borges cuando asciende la Ciudad de los Inmortales: “Una remota luz cayó sobre mí. Alcé los ofuscados ojos: en lo vertiginoso, en lo altísimo, vi un círculo de cielo tan azul que pudo parecerme de púrpura”. Y oigo la luminosa voz que me dice: “Celebro que hayas vuelto a creer en quien te creó”. (Continuará)

JOTAMARIO ARBELÁEZ
jotamarionada@hotmail.com

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