¡Que viva la vida!

¡Que viva la vida!

El mundo no se va a acabar y la vida es bella. Así es. Ellos escriben por mí.

16 de junio 2020 , 09:25 p.m.

Al frente del escritorio donde diseño estos fárragos hay un ventanal de pared a pared que da a una cordillera azul debajo de un cielo blanco de nubes, antecedida por un bosque verde ascendente que no deja ver los árboles, esos alisos, robles, pinos y eucaliptos acribillados desde que el sol atisba por el canto de jilgueros, mirlos, ruiseñores y petirrojos que ya distingo. Mi mujer ha puesto en el aire los 'Conciertos para oboe' de Juan Sebastián interpretados por Puskunigis y la Orquesta de Cámara St. Christopher. He dejado sobre la mesa de noche la lectura de 'El paraíso perdido' cuidando de no doblar el borde de la página por donde voy, y más bien señalándola con el afilado cuchillo de pelar manzanas, como ahora se estila.

Entiendo que por sobre la atmósfera del planeta desde hace unos meses revolotea una pandemia que ha paralizado las actividades del mundo y amenaza con el exterminio de la especie humana, por lo que las autoridades mundiales han decretado una cuarentena indefinida que tiene a la población al borde del hambre, del aburrimiento, la desesperación y hasta la locura. Nunca antes en la historia la humanidad en pleno había estado manos arriba y sus gobiernos calzones abajo, sin camas ni respiradores suficientes para atender a los afectados, casi sin tránsito por las carreteras de la tierra, del agua y del aire, sin espectáculos deportivos o culturales, respirando con tapabocas y casi que tocando con pavor el botón del piso del ascensor y el timbre de casa. “Al menos el virus del sida lo adquiría uno tirando”, me comenta quejosa mi musa Dina Merlini desde el ancianato de San Andrés.

Me timbra el celular sin discordar del concierto. 'Hola, poeta –dice la voz–, te habla tu cardiólogo. Estoy preocupado porque en los últimos textos estás muy reiterativo con el tema de la muerte'.

Como tengo tiempo de sobra para continuar este scherzo, salgo a caminar por el bosque y a pensar cómo lo termino, pues describir la felicidad suele ser aburrido para el lector y hasta ofensivo para algunos espíritus que no soportan el reposo del guerrero, sobre todo si se presenta con buen aire, con buen bar, con buena biblioteca y con buena cama. “Se nos aburguesó el anarcucho”, suele ser el comentario más tolerante.

Veo venir por el sendero a una niña con una cesta y unas mejillas más rojas que su boina. Debe de tener unos 16 años. Lleva desamarrado un zapato. Me extiende una sonrisa ofreciéndome el contenido de la canasta. Me dispongo a arrodillarme para amarrárselo, pero, sospechando que es una trampa que me pone el maligno me desvío por un atajo en busca del riachuelo donde me baño desnudo para aplacarme. En el fondo encuentro una pepita de oro del tamaño del ombligo de mi mujer. Aunque ella prefiere las chaquiras, se la llevaré de regalo.

Ya en 'La montaña mágica' retomo mi teclado como si fuera un virtuoso. Ahora las nubes han destapado unos retazos de cielo lapislázuli, los pajarracos se han acallado y el aparato despide los Conciertos de violín interpretados por Emmy Verhey y la Camerata Antonio Luco. Todavía no sé cómo voy a terminar el artículo y me siento incapaz de pedir la ayuda del cielo. Para qué, si sospecho que la partícula más pequeña y letal va a acabar con la existencia de todos los seres humanos y con ello, la memoria de Dios.

Me timbra el celular sin discordar del concierto. “Hola, poeta –dice la voz–, te habla Adolfo Vera Delgado, tu cardiólogo de cabecera. Te llamo para decirte que leo religiosamente todo lo que escribes en los periódicos y en las redes. Y te cuento que estoy preocupado porque en los últimos textos estás muy reiterativo con el tema de la muerte, de que te vas a morir. Y eso te puede hacer daño. Ya sé que vas a decirme que lo haces por embromar. Pero desconfía del sentido del humor de la pelona. Eres un privilegiado y estás escribiendo como los ángeles, lo cual no es razón para que vayas a reunirte con ellos. La última vez que te tomé la tensión e hice una revisión a fondo de tu corazón percibí el resultado de que vas a vivir 96 años. De modo que por favor, mi querido amigo, cambia de tema. El mundo no se va a acabar y la vida es bella”. Colgó.

El mundo no se va a acabar y la vida es bella. Así es. El mundo inacabable y la preciosa vida escriben por mí.

Jotamario Arbeláez
jotamarionada@hotmail.com

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