Profeta sin profecía

Profeta sin profecía

Me hice amigo de El Profeta. Él creó un grupo con carácter de secta donde nos sentíamos “elegidos”.

07 de abril 2020 , 05:35 p.m.

Comencé a dudar de la existencia de Dios cuando el cura párroco de la iglesia de mi barrio intentó imponerme las manos a son de sacarme el diablo del cuerpo y en su lugar meterme quién sabe qué, y cuando yo le dije que qué iría a pensar el Señor de la pernicia de su ministro él se dignó responderme que en una situación como esta era como si Dios no estuviera. Me llené de tal ira santa, más que por su obscenidad por su blasfemar, que le propiné una patada en el culo y salí corriendo. Ya cuando iba por la calle me gritó desde su balcón una excusa que después un amigo me dijo que le había dicho también el cura de su pueblo: “Conmigo no es pecado”, lo que me indicó que a lo mejor era parte del vocabulario del seminario. Me siguió sonando el asunto, en vista de que el prelado continuó con los mismos hábitos.

A medida que fui creciendo me fui internando en el hábito de la lectura, sobre todo de las obras que figuraban en el –afortunado para mi encontrarlo– 'Index librorum prohibitorum', emitido por la sacrosanta Iglesia católica, apostólica y romana a partir del Concilio de Trento bajo Pío IV en 1564, y que solo vino a suspenderse como consecuencia del Concilio Vaticano II, bajo el ojo avizor de Pablo VI, en 1966, poco antes de su visita a Colombia. Esa lista de condenados fue mi salvación literaria.

Gracias a ella me nutrí de Erasmo, Voltaire, Sterne, Rabelais, Pedro Abelardo, Defoe, Sartre, André Gide. Qué risa, a Nietzsche, Marx y Schopenhauer no los incluyeron por suponer que las mismas náuseas del lector impedirían su lectura. Así que mi primera biblioteca se conformó como un 'Index librorum amantorum'. Y cuando me dijeron que la Biblia había sido puesta en el Index por el Concilio de Toulusse la busqué para devorarla, sin reparar en que ese concilio se había celebrado en 1229, más de 300 años antes de la proclamación del tal Índice. Pero a algunos mentirosos hay que creerles.

Profetas que no decían sus profecías por miedo de que no se les cumplieran, profetas que no sabían ni dónde estaban
parados.

Me cupo en suerte que mi padrino Picuenigua, esposo de la tía Adelfa, tuviera en su biblioteca de la sala, al lado de la colección de Selecciones y de Viento seco, de Daniel Caicedo, novela de la violencia que nos azotaba, una Biblia empastada en verde que era la de Casiodoro de Reina revisada por Cipriano de Valera, que se consideraba protestante, pues le faltaban algunos libros de la Vulgata que fueron considerados apócrifos. Entre ellos Macabeos, Tobías, Judith, Esdras y Baruc, cuya lectura hube de agenciarme con una prostituta católica. Y luego tuve la fortuna de recibir de Jaime Jaramillo Escobar su edición de los verdaderos Evangelios Apócrifos, que han sido, con los escritos del divino Marqués de Sade, mi lectura de cabecera por 60 años.

Me emboque sobre todo por los profetas, pues sabía que de allí nacía la poesía, empezando por Isaías. Y salté a la poesía sublimada del libro de Job, de los Salmos, los Proverbios y los Cantares. E hice un alto en Jonás. Y tiré a la cara y sello si me elegía poeta o profeta, y la moneda cayó parada. Cuando ya empezaba a barbar me hice amigo de un poeta que se hacía llamar El Profeta y que me reclutó para su causa por perder que sería la mía a perpetuidad. Creó un grupo con carácter de secta donde todos nos sentíamos “elegidos”. Profetas pero sin ninguna divinidad que nos respaldara, falsos profetas con documentos para comprobarlo, profetas que no decían sus profecías por miedo de que no se les cumplieran, profetas de las inclemencias del clima, profetas que no sabían ni dónde estaban parados.

Profetas que no videntes, pitonisos, arúspices ni adivinos. Los únicos que sabíamos no solo lo que había pasado y lo que iba a pasar, sino lo que estaba pasando y que había que corregir. Y comenzamos con nuestra prédica a través de manifiestos pestíferos, amenazando con que vendría la destrucción de los valores que sostenían el mundo civilizado. No nos hicieron ningún caso, pues siempre nos consideraron unos petardistas muy ingeniosos, mamagallistas, más bien payasos. Nos invitaban después de sus carcajadas a un trago o a un pase de cocaína. Y hasta allí llegaba nuestro compromiso incumplido con el Espíritu Santo. A propósito, traía mis profecías para el presente inmediato pero se me ha acabado el espacio. Lo haré la próxima quincena, si es que para entonces quede quién me lea.

Jotamario Arbeláez
jotamarionada@hotmail.com

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