Memorias de un tal por cual

Memorias de un tal por cual

En ‘Memorias de un hijuetantas’, Fernando Vallejo pretende volverme chicuca.

02 de julio 2019 , 07:08 p.m.

Sentí por Fernando Vallejo, a través de la vida que ya va para larga, una admiración solidaria por su trabajo de escritor y demoledor a su modo, desde su inicial serie autobiográfica Los ríos del tiempo, que empieza con el precioso Los días azules, y la gramática del lenguaje literario Logoi, con la que demostró que se las sabía todas y las que no sabía no existían. Luego la agarraría contra la iglesia del inexistente Cristo y sus sucesores, contra el farsante de Darwin, contra los gobernantes corruptos y corruptores y hasta contra el nido de la perra, mientras no sea la de Bruna. Su actitud se ha emparentado y confundido con la del nadaísmo, como herederos comunes del maestro Fernando González.

Eduardo Escobar, quien en tanta estima lo tiene, o tenía, hasta que apostrofó a Álvaro Uribe tildándolo de “culibajito”, declaró en la revista Semana del 1.° de septiembre de 2008: “El más radical de los escritores colombianos de hoy es Fernando Vallejo, que es una especie de filonadaísta. En el estilo y la actitud es una mezcla de Vargas Vila y Fernando González. Sin la espiritualidad de Fernando González ni el éxito económico de Vargas Vila. Fernando es un cómico. Que todos leemos sin tomarlo en serio, como debe hacerse con todos los cómicos. Pura diatriba. Un Aristófanes de los antioqueños”.

Su último libro me lo hizo llegar entre risitas el otro enemigo que conservo en vinagre diciendo que en dos o tres párrafos me elogiaba. Cosa que me creí, pues en los últimos años yo también he sido con él particularmente elogioso. Se llama Memorias de un hijuetantas, en el que pretende volverme chicuca, pues en él se desfoga contra todo lo que odia o cree que le hizo mal. Que somos todos los colombianos a quienes extiende el epíteto. Aunque no suelo leer autobiografías, me la leí acompañado de un pañuelo de compasiones, pues nunca creí que la literatura pudiera alcanzar un punto tan bajo, ni siquiera disculpable con la demencia senil.

En el libro se desfoga contra todo lo que odia o cree que le hizo mal. Que somos todos los colombianos a quienes extiende el epíteto

Pero ¿qué polémica adscrita al arte de injuriar puede sostenerse con un rival que de entrada se autotitula h. p.? Queda uno con un palmo de narices. Un escritor que no respeta ni a su mamá, ¿qué diablos va a respetar en la perra vida, aparte de los perros con quienes comparte sus premios de literatura? Como el Rómulo Gallegos de novela, de Venezuela. Que ganaron antes que él los colombianos Manuel Mejía Vallejo y García Márquez, y William Ospina después de él. Nuestro cotarro intelectual se ufanaba de que fuera por cuatro. En un momento dado, el premio de novela de la misma fundación fue intercalado con el premio de poesía Valera Mora, que gané en 2008. A lo cual, haciendo la V de la victoria, publiqué mi columna ‘Va por 5’ (y ahora va por seis con Pablo Montoya), haciéndome acreedor a sus burlas repetidas, tildándome además de vejete. Pero si bien le llevo dos años, me da pena verlo caminar como un sonámbulo arrastrando las piernas mientras yo continúo vivito y coleando como en los mejores tiempos.

“¿Ven por qué ando metido en memorias?”, dice en la página 29. “Porque tengo mucho que contar y por azuzar la envidia de mis enemigos o “detractores”, como les dicen ahora, entre los que sobresalen por su empeño dos opinadores de periódico que gratuitamente, urbi et orbi, motu proprio, echan a volar mi nombre con repique de campanas: un huerfanito sexagenario de apellido Faciolince y barba blanca de abad; y el último nadaísta de Colombia, un hippie viejo de Cali al que en la pila bautismal su madre le puso “Jota”, sin saber que en México significa “marica”. Pero no, él no es. No se le arrima ni hombre, ni mujer, ni perro ni quimera. Huele a fuga de gas”. Al respecto, se supo que en la antepasada feria del libro se despachó públicamente contra esos dos detractorcitos como h...p...ticas. Y añade que de esa forma “nos eterniza”. Pobre diablo.

Otro detalle es que cada vez que un hetero se enfrenta con un homo, la peor ofensa que este suele aplicarle al otro es tratarlo de más marica que él. Verdaderamente, así es muy difícil. (Continuará.)

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