María de las Estrellas

María de las Estrellas

La gloriosa chiquilla murió hace 39 años en un accidente de auto, antes de cumplir los 14.

21 de abril 2020 , 05:17 p.m.

Hace 39 años murió María de las Estrellas en accidente de auto, antes de cumplir los 14. En París trabajan para el 2021 la edición francesa de sus obras completas, en traducción de Boris Monneau. En Buenos Aires el periodista Martín Graziano, de 'La Nación', 'La Tercera de Chile' y 'Zona de Obras' de España, adelanta un extenso informe sobre la vida y obra de la gloriosa chiquilla. En la Biblioteca Nacional, en celebración de los 60 años del movimiento, está por aparecer el libro virtual 33 poetas nadaístas de los últimos días, que ella lo cierra en compañía de El gigoló de los dioses, Luis Ernesto Valencia –el hijo adoptado por Elmonjeloco–, a quien atropelló un carro cumpliendo 10. Pero debo empezar contando, desde mi vivencia, quién era esta niña prodigio.

En el año 68, mientras vivía una etapa pavorosa de mi vida en Bogotá, adonde había llegado de Cali, tuve ocasión de participar en una sesión mediúmnica donde tres santos de la Iglesia de Cristo, entre ellos San Nicolás, el de Tolentino, me reclutaron para una misión de limpieza de la doctrina en la que debíamos participar personajes del ‘Club de Arriba’ y terrestres vivos. Si me unía a ellos, iba a ir de la mano de la Bienaventuranza. En efecto, después de pasar las noches en bares de amigos cuando cerraban, me abrieron las puertas del hotel San Francisco para que celebrara los diez años del Nadaísmo, el movimiento irreverente al que pertenecía.

Allí me visitó una dama entunicada de tendencia esotérica a leerme el tarot, y me dictaminó sorprendida que las cartas indicaban que éramos una pareja designada por los Maestros.

Allí me visitó una dama entunicada de tendencia esotérica a leerme el tarot, y me dictaminó sorprendida que las cartas indicaban que éramos una pareja designada por los Maestros. No hubo necesidad de decir más. Quedamos prendados. Una vez terminó mi estancia en el hotel me invitó a habitar una casa que tenía deshabitada en el barrio, ¡válgame Dios!, de San Nicolás. Ella vivía con su padre y una hija reciente, de papá volador. Me resultó un trabajo publicitario en Cali, y ella dijo que viajaría conmigo porque teníamos una misión conjunta. Pero que debía llevar a su hija, quien no había cumplido aún 3 años. A pesar de ser alérgico a la paternidad, quedé fascinado con la pequeña. Era inquieta, linda, tenía apuntes risueños, sabía integrarse a la banda de poetas y hippies en que nos debatíamos. Y donde en medio de nuestras nubes de humos espirituosos hacía asombrosas improvisaciones. El día que cumplió 3 años regresamos a Bogotá.

La Maga instaló su podio de consultas en la calle de los hippies, donde leía el tarot con gran acogida porque la imponderable presentadora Gloria Valencia la había ensalzado en televisión. Yo entretanto me quedaba con la niña en el cuarto donde vivíamos y me dedicaba a leerle, además de cuentos de hadas, libros como 'El proceso', 'Una temporada en el infierno', 'El principito', 'Alicia en el país de las maravillas' y en el espejo, 'Nadja', 'Los últimos días de Pompeya', 'Que viva la música', apartes de la Biblia y de los Evangelios apócrifos, a Ernesto Cardenal y, desde luego, los libros de los nadaístas, empezando por 'Sexo y saxofón' de Gonzalo Arango y 'El Universo Humano' de Elmo Valencia. Y le contaba la historia de Luis Ernesto Valencia.

Un niño campesino que cinco años antes había escapado de su casa en el Valle y se dirigió caminando a Cali, donde anduvo como un niño de la calle –a quienes por entonces se los llamaba ‘gamines’–, hasta que un día se quedó dormido al pie de las gradas que conducían al cuarto de Elmo Valencia, que era además un hacinamiento de caminantes y hippies.

Este monje zen, que recibió ese regalo de Buda, lo recogió, lo bañó, le compró ropita, y me nombró su profesor de filosofía. Le enseñé las letras y lo hice poeta mientras el Monje lo convertía en cantante. Se volvió famoso. Cuando nos visitó el poeta Evtushenko lo portaba en sus hombros. El mes que el nadaísmo cumplía diez años y él también, lo mató un carro a las 10 de la noche, conducido por Arne Krag, a quien desde entonces todas las noches el niño le debe de jalar las patas porque no le costeó el entierro. El señor Buda nos envió un anfitrión. (Continúa.)

Jotamario Arbeláez

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