María de las Estrellas (3)

María de las Estrellas (3)

La mejor parte de mi alma me abandonó en ese momento, cuando me dijeron que ella había muerto.

30 de junio 2020 , 09:25 p.m.

De los tres a los trece la niña fue una belleza. Sus respuestas abismaban a quienes la iban conociendo. Había roto con la lógica, como los maestros zen que yo portaba bajo el brazo, y a cada pregunta respondía con un acertijo surrealista. Como su mamá, la Maga, se dedicaba con tesón a sus próvidas adivinaciones, nosotros todo el día escrutábamos y desentrañábamos a los autores que nos gustaban, como Kafka, Saint-Exupéry, Ionesco y Alfred Jarry.

Todo era literatura para nosotros, más precisamente poesía despatarrada. Desde los tres comencé a apuntar casi todo lo que decía. Cada año se iba llenando una carpeta. Los poemas de los cuatro años los bautizó El camino del cielo; los de los cinco, El ego en el trono; los de los seis, Los dientes de hierro; los de los siete, El reloj de la vida. Entonces los reuní y se los entregué a la editora Lucía Muelle, quien los publicó en la colección Libro Abierto de la Universidad en La Gran Colombia.

Como poemas quedaban sus despedidas nocturnas: “Hasta mañana papacito / que sueñes con la bandera de Colombia”, “Hasta mañana papacito / que sueñes con el billete del amor”, “Hasta mañana papacito / que sueñes con 40 sirenas / que te agradecen”, “Hasta mañana papacito / que sueñes con la luna / de paz / ideal / y de corazón puro”. Y así todas las noches, durante cerca de diez años. Un día me vio llegar algo triste a casa porque unos jóvenes “enterradores” estaban quemando una efigie simbólica del nadaísmo a las puertas del cementerio Central. Y me consoló: “Tranquilo papacito / que en la próxima encarnación / van a ver otros Nadaísmos / más bellos / ¿O qué quería / que una época / fuera toda la vida?”.

Dalí le regaló una serigrafía dedicada, y Botero le hizo un retrato ilustración para la carátula de la novela. El pintor Pedro Uhart elaboró unas preciosas ilustraciones surrealistas.

Después de la publicación del poemario El mago en la mesa, a los 7 años, y de recibir por esas mismas calendas el Premio de Literatura Mágica en el Congreso Mundial de Brujería por su novela La casa del ladrón desnudo, lo cual tuvo repercusión internacional, el escritor Germán Arciniegas la invitó a tomar cursos de literatura con Ramón de Zubiría en la Universidad de los Andes, mientras continuaba adelantando su bachillerato por radio. También por entonces se hizo presente su padre que no conocía, el chileno Eduardo Uhart, residente en París y Nueva York, y quien manejaba parte de la obra de Salvador Dalí y de Fernando Botero.

Vino por ella y se la llevó a presentársela a los dos genios. Dalí le regaló una serigrafía dedicada y Botero le hizo un retrato ilustración para la carátula de la novela. El pintor Pedro Uhart elaboró unas preciosas ilustraciones surrealistas. Gabriel García Márquez escribió en su columna de El Espectador esta frase que se utilizó como epígrafe: “Los niños mienten, por supuesto, como siempre se ha dicho, pero no como siempre se ha dicho, sino porque los adultos los vamos enseñando a medida que los criamos. Es sólo cuando no nos hacen caso cuando son poetas verdaderos. Como no lo fue Minou Druet, y como sí lo fue la niña colombiana de siete años que escribió este prodigio de ternura: Cuando yo sea grande / quiero ser una gran médica / en el hospital más grande de Nueva York, / y cuando los enfermos se mueran / me voy a morir con ellos”. Para diciembre de 1987, mi amigo Juan Domingo Guzmán, director editorial de Nuevas Ediciones, hizo, con Fotolito América, una gigantesca, lujosa y limitada edición conmemorativa, de la cual se salvaron unos pocos ejemplares porque la madre de la niña la mandó guillotinar.

El 5 de abril de 1981, la niña madrugó sola en la casa. Yo vivía aparte, y la Maga había viajado a Valencia, España. Habíamos quedado la noche anterior en almorzar juntos. Uhart había llegado a Colombia en son de negocios. Todo el mediodía estuve llamando a su apartamento, pero no contestó. De pronto sonó mi teléfono en Sancho, la agencia de publicidad donde trabajaba. Era el abuelito Juan Carrasquilla. “Mire, Jota, el señor Uhart alquiló un carro Hertz para que la niña fuera con su noviecito Daniel a Tunja dizque a llevarles una limosnita a las monjas clarisas. Y se mató”. La mejor parte de mi alma me abandonó en ese momento.

Jotamario Arbeláez
jotamarionada@hotmail.com

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