María de las Estrellas (2)

María de las Estrellas (2)

"Yo escribo como si estuviera hablando dormida", le dijo a la editora de su primer libro.

05 de mayo 2020 , 07:00 p.m.

Continúo con la historia de María de las Estrellas, la niña poeta del nadaísmo que murió a los 13 años, como 13 años antes lo había hecho nuestro ‘Gigoló de los dioses’, Luis Ernesto, de 10, ambos en sendos accidentes de auto.

Una vez instalados de nuevo en Bogotá con su madre, la Maga Atlanta, en las épocas de los hippies del parque y el pasaje de la calle sesenta y los del Templo de La Calle detrás del Hilton, María de cuatro años sentada al lado de su madre en el Spacial Uranium Templum, que así se llamaba su consultorio de lecturas del tarot de los bohemios, escuchaba intrigada todas las problemáticas de los consultantes, sobre todo señoras con sus líos psicológicos y maritales, y cómo su madre las instruía para retenerlos, recuperarlos o definitivamente zafarlos, todo bajo los poderes de la magia blanca.

Luego, cuando llegaban Gonzalo Arango, Eduardo Escobar, Darío Lemos, el Monje Loco, Cachifo, Zalameíta, al son del incienso cannábico hacíamos tertulias literarias extravagantes con lecturas de sus naditaciones recientes, en las cuales ella metía la cucharada para asombro y risas de todos.

Y otro día acudían “los de la horda de Tolentino” en la presencia astral y real de Claudio Vernot y Reinaldo Coronel Arroyo, quienes solo tomaban agua y hacían solemne invocación a san Nicolás y san Agustín. Esos maestros a través de sus médiums parlantes nos dictaban las tónicas por seguir en el camino de la recuperación del verdadero mensaje de Cristo Jesús, mientras María los escuchaba como lo más natural del mundo, con los oídos tan abiertos como los ojos y con los brazos cruzados.

A Gonzalo Arango le mandaba a veces algunos de sus escritos, y cuando este se los devolvía con algunas leves correcciones, exclamaba: 'Este Gonzalito se me tiró los poemas'.

Y casi todas las noches había la invasión de los hippies que manejaban o visitaban el Templo de La Calle, del cual el de la Maga era un discreto apéndice. Estos sí llegaban con hongos y ácidos y yagés y músicas que iban de Pink Floyd a Grateful Dead, las letras de cuyas canciones en el ligero viaje nos traducían. Ese fue el kínder de la niña que la proyectó al infierno musical de la poesía.

Luego nos íbamos para la casa, y en el trayecto no era extraño que en el cielo viéramos pasar objetos voladores no identificados, con los cuales la Maga tenía una comunicación contraída.

El libro que ella prefería que le leyera mañana y noche, aparte de las historias de 'Las mil y una noches', que prefería se las contara, era la 'Antología surrealista' de Aldo Pellegrini, de la cual sus preferidos eran André Breton, Prévert y Péret. A Artaud no se lo tragaba.

Y comenzó en estados como de trance a balbucir unas frases que yo iba tomando rápidamente al dictado, y estimulándole en una especie de feed back para que continuara, con preguntas que ella contestaba sin lógica. “Yo escribo como si estuviera hablando dormida”, le dijo a la editora de su primer libro, que le publicó a los 7 años en forma de antología de sus cuatro años anteriores. A Gonzalo Arango le mandaba a veces algunos de sus escritos, y cuando este se los devolvía con algunas leves correcciones, exclamaba: “Este Gonzalito se me tiró los poemas”.

Al final de la tarde íbamos a recoger a la Maga, a contar sus ganancias y a contarle las nuestras. El director de las páginas culturales de EL TIEMPO, Eduardo Mendoza Varela, que nos apreciaba a los nadaístas y nos publicaba con cierta frecuencia, asombrado comenzó a insertar sus insólitos poemillas, y a continuación lo hicieron todas las revistas culturales y de vanguardia.

La Universidad Central, a través de Lucía Muelle, decidió publicar su obra reunida bajo el título, por ella escogido, 'El mago en la mesa', tal vez con referencia a mi primer libro, 'El profeta en su casa'. Y a los 8, en 1975, ganó el Concurso de Literatura Mágica en el Congreso Mundial de Brujería que dirigió el ‘brujo’ Simón González, hijo del ‘brujo’ Fernando González. Recibió el premio único con su deslumbrante novela 'La casa del ladrón desnudo'. Fue entonces cuando la detectó su padre chileno, ahora exitoso marchand que representaba en Nueva York y París a Salvador Dalí y a Fernando Botero, y vino por ella. (Continuaría.)

Jotamario Arbeláez
jotamarionada@hotmail.com

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