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Los maestros del error

Los maestros del error

Se nos acaba la patria a medida que se va acabando el mundo con la pandemia.

18 de mayo 2021 , 09:25 p. m.

Descubro uno de los detonantes para mi comportamiento juvenil arrevolverado: el haber visto en el Teatro Colombia, por el año 55, la cinta Tarzán contra el mundo, con mi héroe por entonces Johnny Weissmuller. El hombre selvático incursionando por Nueva York, de vestido de paño completo como confeccionado por mi papá, acompañado de Jane su compañera, Maureen O’Sullivan, al rescate de su hijo Boy, que unos exploradores habían secuestrado del África negra para que trabajara en un circo con elefantes. Años después vería Tarzán y su compañera, y más tardecito, Tarzán al rescate, donde es ya el hombre mono Lex Barker, secuestrado por una tribu de adoradores de elefantes.

También andaba pegado del Llanero Solitario, Lone Ranger, bajo cuya influencia escribí el cuento El cowboy que se tragó el Oeste. De Santo, el enmascarado de plata, que no perdonaba una contra la ley. De Dick Tracy con su radio pulsera y su cubil volador. Y, en vez del superhombre de Nietzsche, era mi ídolo el Supermán creado por Jerry Siegel y Joe Shuster. No sé por qué me envalentonó su lema de: ‘A luchar por la justicia’, cuando desde nuestro alzamiento los perseguidos por la justicia, o al menos por los tombos, fuimos nosotros. Terroristas de la palabra.

De modo que no fueron ni Bakunin, ni Sartre, ni Fanon, ni Genet, ni Gandhi ni Bertrand Russell quienes me llevaron la mano cuando ingresé al movimiento nadaísta para escribir contra todo lo que se moviera, a ver si se lograba reordenar la sociedad planetaria a partir de la colombiana. A pesar de que tuve los mejores profesores de historia en el colegio donde ni siquiera logré graduarme, por lo menos las clases de historia las recibí con beneficio de inventario. Henao y Arrubla pasarían a ser reconsiderados leyendo Los grandes conflictos socioeconómicos de nuestra historia, de Indalecio Liévano Aguirre, y la Magna historia mínima, obra sustancial del inicial nadaísta Jorge Orlando Melo. También el joven y desgreñado poeta Rimbaud, que jugaba al patán en las comidillas, había escrito en Una temporada en el infierno “me armé contra la injusticia”, pues a la justicia se la llama injusticia cuando fastidia.

Desde que mis ojos tienen memoria no he visto más que asesinados por causa de la política.

Ya estoy en los 80, luego de 60 años de cantar la tabla mediante la poesía, como si para eso me hubieran traído al mundo. Mientras más traté ingenuamente de arreglarlo con mis compañeros de causa, utilizando la sola manopla de la palabra, más picho se fue poniendo. Desde que mis ojos tienen memoria no he visto más que asesinados por causa de la política. Y por más paz que hayamos clamado y hasta logrado, a través de nuestro aliado nadaísta Humberto de la Calle al firmarla con la guerrilla, la carroña fue por sus fueros. Que no se podía firmar ninguna paz con ese tipo de forajidos. Entonces con quién –¿con sus abuelitas?– si era a ellos a quienes había que apaciguar. Hoy descansan en paz centenares de alzados que la firmaron y se entregaron.

Nos lo dijo Jean-Paul Sartre, y no le hicimos caso a tiempo, que la poesía era la elección del fracaso. Por lo menos en la política. Y la pusimos como puntilla contra los tanques. Se lograron tremendas fotos documentales, pero escabrosas noticias, con asesinatos, desapariciones y vejaciones. El pueblo envalentonado se ha levantado y pronunciado contra un gobierno que no se encuentra. Habría que pronosticar que la única salida es el acabose. Maestros en el error de arreglar las cargas, fracasaron como influencias de tira cómica Tarzán, el Santo, el Llanero, Tracy, Supermán. Quedamos condenados a ser el gato que no tapó la porquería, a nivel nacional si no planetario.

Fue total el fracaso. Nos metimos de redentores y ni siquiera morimos crucificados. Se nos acaba la patria a medida que se va acabando el mundo con la pandemia. El Gobierno dirá que no puede aceptar lo imposible, que es lo que el pueblo pide, como aprendió en un grafito. O sea que no hay solución. Ni habrá triunfadores. Como decíamos en nuestros juegos infantiles de policías y bandidos: “A morir juntos”.

Jotamario Arbeláez
jotamarionada@hotmail.com

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