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Lo que queda por vivir

Lo que queda por vivir

“Que el Señor le dé todo lo que le pida. ¡Y más!”. Gracias, mi generoso pordiosero.

27 de julio 2021 , 08:05 p. m.

Regreso a Bogotá con mi tapabocas, invitado a la suite de mi cuñado Esteban Jaramillo que anda de paseo por el África. Me levanto con delicadeza para no perturbar en la otra esquina de la cancha el sueño de mi desposada. Me ducho al tiempo que enjuago mis calzoncillos. La señora me ha escogido atuendo informal para que salga a caminar antes de sentarme a redactar mis 2 columnas de prensa. Tengo diez mil sueltos en el bolsillo para un café tan pronto me agote la caminata, y llevo para leer el esperanzador libro de John Updike Lo que queda por vivir.

Me dirijo por la 11 hacia el centro Andino. Un indigente postrado se levanta de un salto del andén, sacude una amplia cobija y vuelve a acomodarse contra el muro pidiéndome para un cafecito. Al regreso, le digo, después de que asalte el cajero. Con sus pocos dientes me expresa: “Que el Señor le dé todo lo que le pida”. Debió haber dicho que la señora, suspiro. “¡Y hasta más!”, termina su dadivosa exclamación el bendito. Continúo la caminata. “Que el Señor le dé todo lo que le pida... ¡Y más!”. Qué oración o deprecación más avasallante. Nunca la había oído de nadie, ni en las escrituras sagradas. Camino unos veinte metros. Me detengo. Doy media vuelta.

Regreso. El hombre sabe que voy hacia él, se levanta y viene hacia mí haciendo girar donosamente en el aire la cobija que termina cubriéndolo. Le alargo el billete de diez y se le iluminan los ojos de gratitud. Me dice que le parecí una aparición. Que los milagros existen. Que qué edad tengo. Le digo que 80. Y él haciendo cara de incredulidad repone que no se me notan más de 60. Que él tiene 57 y que mire cómo lo trata el espejo de la vida. Me despido altamente satisfecho con mi estructura física y con la expresa bienaventuranza.

Voy a ingresar al centro Andino y el perro del vigilante me hace señas de que no puedo hacerlo sin tapabocas. Mierda, y cómo acudo al cajero. Miro a mi alrededor y decenas de personas con tapabocas me contemplan como un bicho raro, como un enemigo público. ¿De dónde saco para comprar el antifaz antivirus? Regresar a casa son 6 cuadras, tapada la nariz con el canto de mi chaqueta meridional. Se me ocurre volver adonde el mendigo providencial a ver si me regala mil pesos. O pedirle si tiene un tapabocas que le sobre. Pero acabo de recordar que él tampoco tenía, por algo fue tan amable nuestra comunicación cara a cara. En el camino, una enfermera que sostiene la puerta de vidrio de un sitio llamado Dentix me llama y me pregunta qué me pasa, tal vez en vista de mi azoramiento. Que salí en busca de un cajero y olvidé sacar mi tapabocas dorado. Y que no tengo un centavo para comprar uno sencillo.

Que si me puede facilitar alguno que tenga por ahí y que a mi regreso del cajero me someto a un examen dental. Dice sonriendo que no es necesario. Ingresa y en breve me trae un tapabocas. Un ángel me ha salvado, a quien le deseo que el Señor le dé lo que le pida. Y más. Casi me besa las manos.

Prosigo mi camino hacia el cajero Davivienda al que le solicito 250.000. Cuento para verificar que no me han dado de menos y aparecen 300.000. No puede ser. A lo mejor tenía 50 y no me había dado cuenta. Pienso dónde ir a tomar un vino y sentarme a hojear el libro Lo que queda por vivir, que debe ser mucho y muy halagüeño en esta primaveral ochentena. En ese momento veo que viene hacia mí por el andén del Andino, con una túnica española roja estampada hasta los tobillos y un coqueto sombrero toscano, una amiga íntima de mi mujer a la que le vengo echando los perros. Gran abrazo y sendos besos de mejilla con tapabocas. En el momento en que le estoy diciendo que vayamos a celebrar siento que me timbra el aparato. Contesto. Es mi mujer que me dice que está lista. Le digo con quién me acabo de encontrar. Muy bien. Pues nos vamos a almorzar los tres y a celebrar el encuentro. “Que el Señor le dé todo lo que le pida. ¡Y más!”. Gracias, mi generoso pordiosero. Continuará.

JOTAMARIO ARBELÁEZ
jotamarionada@hotmail.com

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