La turris ebúrnea

La turris ebúrnea

Ahora el que está encerrado en la torre de marfil soy yo, en mi turris ebúrnea. Gracias a Dios.

28 de julio 2020 , 09:25 p.m.

Cuando comencé a introducirme como metiche en esto de la literatura, seguramente con vocación pero sin ninguna ilustración en el tema –solo sabía algo de bares, de billares y lupanares–, amigos adelantados pusieron en mis manos, para “orientarme”, los libros de Jean-Paul Sartre, quien fue explícito en que había que “comprometerse”, pues mientras un niño muriera de hambre en Biafra, la literatura en sí misma no valía como un contrapeso.

Y en realidad me sumergí embelesado en su producción novelística, teatral y en su veta bío y autobiográfica, de La náusea a Los caminos de la libertad, de Las manos sucias a Las moscas, de Baudelaire y Saint Genet a Las palabras. De sus ensayos no tuve la paciencia con El ser y la nada y la Crítica de la razón dialéctica. Quien me puso en manos de Sartre, mi profeta, muy pronto se volvió camusiano, que era otra manera existencialista de ver las cosas, sin tanto compromiso con el comunismo al que se aferró el iluminado bisojo, aun consciente de sus errores y sus desmanes, necesarios en el manejo de la cosa política, como se han defendido los camaradas. Se pedía, pues, a la literatura, fuera cual fuere el género, que en razón del compromiso llevara un “mensaje”. “¡Lleva un mensaje su obra?”, le preguntó un periodista a Ionesco. “¿Me vio usted cara de cartero?”, le respondió.

El asunto lo vino a zanjar el izquierdista García Márquez con una frase rotunda: “El único compromiso del escritor revolucionario es escribir bien”. Con mayor razón de los otros. Así subsistieron en la posguerra obras como las de Céline, de Eliot, Pound y Cocteau, del judío antisemita Philip Roth y de Monthertlant.

¿Y para qué sirvieron tantas denuncias? Supongo que para nada. El mundo se está acabando peor que cuando empezó. Nos volvimos indeseables para los de la sartén por el mango viche.

Había otro coco entre los intelectuales de avanzada de entonces, que era la tal “torre de marfil”, donde iban a dar los escritores que les hurtaban el jopo al conflicto y a la solidaridad con la humanidad irredenta, y a quienes se tildaba de reaccionarios. El tal término marfilino había sido utilizado por el acérrimo crítico Sainte-Beuve, para ensalzar la actitud del alado poeta Alfredo de Vigny en contraposición con la socializante de Victor Hugo. Y nuestros camaradas pusieron a vivir en tal torre nadie menos que a Borges. Y entre nosotros el que se encerró en ella fue Jaime Jaramillo Escobar, el temible X-504, pero no por indiferente a la ruina del mundo, pues escribió la más hermosa y acusatoria obra poética. Sino por fastidio a la compañía de sus semejantes, como si hubiera posibilidad de que llegara a tener algún semejante.

Por la época también nos aproximamos a la obra surrealista, gracias a la antología que nos propiciaba el poeta argentino Aldo Pellegrini. Ello nos daba alas para volar por encima de la lógica y los conflictos, y aunque la mayoría de ellos buscó vincularse a la revolución social fueron vetados por estos, como sucedió con nosotros los nadaístas, aunque en nuestras filas militaron comprometidos como Pedro Alcántara, Pablus Gallinazo, Patricia Ariza, Peggy Killand, Álvaro Medina, Jaime Espinel y el primer Eduardo Escobar. A los nadaístas de Cali nos salvaron el zen y Krishnamurti, que nos advirtieron de que no podíamos contemporizar con Sakyamuni supeditados a la jefatura de don Nicolás Buenaventura. Lo que no impidió que en nuestras conferencias, manifiestos y escritos de prensa vapuleáramos el sistema, no a instancias del partido sino de la dignidad, mientras en el ínterin seguíamos escribiendo una poesía descocada, u odas a los ángeles encarnados que vienen a saciar nuestras apetencias de antes de irnos.

¿Y para qué sirvieron tantas denuncias? Supongo que para nada. El mundo se está acabando peor que cuando empezó. Nos volvimos indeseables para los de la sartén por el mango viche. Y merecimos cierto afecto de la juventud de la época, sobre todo porque a ello le mezclamos el rock con tetrahidrocannabinol. A la juventud de ahora le importará un bledo hacerle reclamos a un Establecimiento a todas luces en bancarrota.

Ahora el que está encerrado en la torre de marfil soy yo, en mi turris ebúrnea. Gracias a Dios.

Jotamario Arbeláez
jotamarionada@hotmail.com

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