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Gracias mil a la Librería Nacional

Gracias mil a la Librería Nacional

Era nuestro sitio favorito durante el día para darle aire al cuerpo apolíneo, al espíritu dionisíaco

21 de septiembre 2021 , 08:00 p. m.

Cómo puede un escritor dedicarse a un solo tema durante toda su vida, me preguntan reporteros que han seguido mi trayectoria. Y se refieren, desde luego, a ese movimiento remoto del que vengo haciendo parte desde 1958, cuando a un cerebro privilegiado surgido de las montañas de Antioquia se le ocurrió fundar un movimiento contra todo lo que se moviera, al que denominó nadaísmo. Y se rodeó de vagos poetas que se encargarían de ir regando la mala nueva. Los “mamaístas”, nos calificó muchos años después el exasperado poeta Rogelio Echavarría.

(Lea además: Fin y comienzo del mundo)

No ha sido mi único tema, vale decir. También me he detenido en el anecdotario casero y la develación del auge y caída de la casa de las agujas, donde mi padre que era un hacha con la máquina de coser confeccionaba el ropero de paño de los caleños; en esos objetos misteriosos que atiborran los estantes de bibliotecas y librerías difundiendo los antepasados saberes; en esos puntos luminosos y musicales donde brillan botellas con atractivas etiquetas espirituosas, y en los cuartos traseros de las bellas que circulan por los andenes del ancho mundo.

Para no cansarlos más con el tema de la filosofía y estética insostenibles del nadaísmo, como venimos ilustrando por 6 largos lustros, exalto hoy el lugar predilecto donde comenzamos a perfilar, desde Cali, nuestro malestar cultural existencialista: la Librería Nacional, que por estos días cumple 80 años, fundada por el santandereano don Jesús Ordóñez, en Barranquilla, después de haberse desempeñado como librero en La Habana. En 1961 decidió comenzar a tomarse el país a partir de la plaza de Caycedo de Cali, donde funcionaba el Banco de Londres, y luego a pocos pasos de la Catedral. Era lo nunca visto, poder desplazarse por estanterías repletas de libros, en lugar de solicitarlos al dependiente, llevarlos a la mesa porque también había servicio de cafetería y heladería, pasarse horas leyéndolos si no había para comprarlos, y ¡ah!, ojeando la revista Playboy.

Ante esa modalidad, el sitio se mantenía lleno de intelectuales paliqueantes y de mujeres hermosas, desde las burguesas de La Tertulia hasta reinas de los cien barrios caleños. Por ello era el lugar ideal para hacer levantes. Y de allí, para el estudio de Pedro Alcántara. Allí desayunó Darío Lemos con Puma al otro día de su boda y antes de ser capturado, allí conoció Eduardo Escobar a Amparito Oliveros, con quien se casaría en par boliones, y yo a Blanquita Sanclemente, toda una ‘lolita’ de culifalda, quien con el correr de los días fue bautizada por los envidiosos como ‘la petí-putá’. Era nuestro sitio favorito durante el día, pero no para conspirar, que para eso teníamos aberrantes refugios como el Bar de Efra, sino para darle aire al cuerpo apolíneo, al espíritu dionisíaco.

Era lo nunca visto, poder desplazarse por estanterías repletas de libros, en lugar de solicitarlos al dependiente, pasarse horas leyéndolos si no había para comprarlos.

Le caí bien a don Jesús, quien cuando se trasladó al segundo local decidió establecer en el sótano del primero, donde funcionaban las oficinas, una gran galería de arte de la cual yo sería el director. Pues ni cortos ni perezosos, allí organicé con Pedro Alcántara y Elmo Valencia los famosos Festivales de Vanguardia, paralelos con los Festivales de Arte que comandaba Fanny Mikey. Y luego sería el jefe de Relaciones públicas, con un sueldo pomposo para un nadaísta (“¿Cómo puede un hombre ganar quinientos pesos?, cuéntame y...”, me escribía aterrado Eduardo Escobar de Pereira). Allí conocí a un personaje que era un sabio bibliófilo, Luis Ernesto Ossa, de quien aprendí a amar los libros por encima de las mujeres y las botellas, padre del joven Felipe Ossa, apasionado por los cómics –y por el nadaísmo, que es un cómic de la poesía–, quien ingresó en el 63 y con el correr del tiempo heredó el manejo de la espectacular librería, logrando, con inteligencia y amor, redondear el triunfo empresarial iniciado por don Jesús. Ahora funcionan 30 librerías en Barranquilla, Cali, Bogotá, Medellín, Cartagena y Pereira. Y una tienda virtual, www.librerianacional.com, para despachar libros a todo el mundo. Gracias, don Jesús. Gracias, don Felipe. Se notó la influencia de Supermán.

JOTAMARIO ARBELÁEZ
jotamarionada@hotmail.com

(Lea todas las columnas de Jotamario Arbeláez en EL TIEMPO, aquí)

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